Santiago González
La Navidad en Euskadi empieza con el mercado de Santo Tomás y la Lotería Nacional y termina con la manifestación por los presos y el comienzo de las rebajas. Así es todos los años, salvo en 2007; después del atentado de la T4 no había ambiente. La de ayer, que contó con una asistencia multitudinaria, tenía algo en común con la de 1999: ambas se producían con ETA en posición descansen armas. Hace trece años se llamaba «suspensión ilimitada de sus acciones armadas» y ayer, «cese definitivo de la actividad armada». Siempre han puesto nombres muy eficaces a lo suyo. Había motivos para considerar que las condiciones del juez Grande-Marlaska para autorizarla eran algo angélicas, esa prohibición de llamar a los terroristas que cumplen condena «Presos políticos». Así les calificaron poco antes del arranque de la marcha el diputado de Amaiur, Xabier Mikel Errekondo y el fundador de Aralar y antiguo ahogado batasuno, Patxi Zabaleta. También hubo gritos a favor de los reclusos que se salieron ‘de lo autorizado’, por decirlo con palabras del juez, sin que la Ertzaintza disolviera la manifestación, advertencia que de por sí era un acabado manifiesto surrealista. Eran decenas de miles, tal corno podía preverse y la manifestación transcurrió conforme a lo dispuesto por los convocantes. Los organizadores los calificaron de ‘políticos’ y hubo gritos en su favor. El lehendakari había pedido en reiteradas ocasiones el acercamiento de los presos. La última vez que puso algo de énfasis en ello fue el 29 de septiembre pasado. ETA correspondió en el boletín dedicado a los presos, Ekia, con un comunicado en el que la banda exigía a sus presos que se negasen a pedir perdón a las víctimas del terrorismo y a reparar el daño causado.
No era una manifestación por la paz, como habían advertido los convocantes, sino para meter presión al Gobierno. No hubo en toda la marcha una sola reclamación a ETA, ninguna invitación a disolverse, ni petición alguna de autocrítica. Los arcángeles de la paz deberían haber tomado nota hace ya algún tiempo de que sus gestos de buena voluntad no provocan nunca reacciones favorables en los terroristas, sino nuevas exigencias. Fue una manifestación masiva, pero no estaban todos. Faltaban los presos, claro, pero también el PNV, que solía ser un habitual. El antiguo defensor de presos etarras, Txema Montero, exponía ayer mismo en El Correo una opinión muy razonable, pero bastante a contrapelo de la teoría dominante hoy en Euskadi: «La Guardia Civil ha sido el instrumento más efectivo en la lucha contra ETA», afirmación que ya había realizado en un artículo de opinión (Deia, 23.10.2011) en el que calificaba a «la Guardia Civil corno vencedora inapelable de ETA». Montero, que fue expulsado de HB en 1992 y hoy mantiene posiciones próximas al PNV, tampoco asistió. La ausencia del partido que hoy por hoy aún es hegemónico en la familia nacionalista responde a una lógica defensa de su espacio político. Acudir a la manifestación de ayer (o renegar del Estatuto) supone un reconocimiento implícito de que la izquierda abertzale tenía razón en su lucha, que ellos, ay, se habían rendido treinta años antes de tiempo.
