Rosas y espinas

Es difícil de entender que Artur Mas, ese titán de la política española, haga tantos y tan sostenidos esfuerzos por renunciar a lo que más gloria le da: su condición de español. Sin ánimo de ofender, cuando más ha brillado Mas ha sido como representante ordinario del Estado en la Comunidad Autónoma de Cataluña. O sea, como español. Ahí lo tienen, recibido con la mayor consideración por el presidente del Gobierno y el líder de la oposición, dos primeras figuras de la política española, dicho sea sin exagerar mucho. En justa reciprocidad a sus esfuerzos, el Gobierno ha puesto como interlocutor de la Generalitat a su ministro de Asuntos Exteriores, un detallazo simbólico y una promesa para independentistas.

Durao Barroso, en cambio, no lo ha recibido, igual que Putin en aquel viaje a Moscú que dio de sí una foto con la catedral de San Basilio al fondo. La Grande Place de Bruselas también tiene su foto, bares con una cerveza estupenda y en una calle paralela está el mítico Chez Léon para atiborrarse de mejillones y no dar por perdido el viaje. Sí recibió, en cambio, a Urkullu, al igual que Jacques Delors recibió en su día, tanto al lehendakari Ardanza como a su vice Jáuregui. Son detalles que a cualquier gobernante prudente deberían llevarle a una reflexión, aunque éste no parece ser el caso. Ni falta que debe de hacerle, porque al parecer, su partido considera que es el candidato idóneo para encabezar las listas de CiU las próximas elecciones. ¿Y cuándo son, si hace cinco meses de las últimas?, se preguntarán ustedes. Pues no se sabe, ahí está la gracia, pero tanto Convergència como Unió consideran que es el mejor candidato, en lugar de responder con un resignado: «Es lo que hay».

En esto también son españoles. El PSOE perdió en una legislatura 59 escaños (el 34,91%) y ratificó a Rubalcaba; ¿por qué no va CiU a confirmar a Mas, que sólo perdió 12 diputados (el 19,35%) aunque en la mitad de tiempo?

Él había anunciado que conduciría a su pueblo hasta la consulta, al igual que Moisés llevó a Israel hasta las alturas del Monte Nebo (Nebot en catalán) y allí, a la vista de la tierra prometida, entregó la vara de los milagros a Josué. Claro que Josué no había sido imputado en el caso de la Inspección Técnica de Carros (ITC) como Oriolet, sustituto natural de Mas, en las ITV.

Por si fuera poco, ayer era Sant Jordi, ya saben. Los catalanes regalan a sus circunstancias una rosa, y las catalanas a sus respectivos un libro. Mas había recomendado su best seller: Manual de la Independencia. Ayer no paró de sobar la rosa –no la toquéis más, había escrito Juan Ramón–, y claro, se metió en el jardín de las metáforas tontas. Se entiende que la rosa es Cataluña, pero ¿qué es eso de «esquivar las espinas», president? Sus dos espinas son la consulta y ERC. ¿Qué quiere decir «la rosa tiene espinas, pero sobre todo tiene la flor»? No es una relación de pertenencia, president, sino de identidad, parece mentira que haya que explicárselo. La rosa es la flor. Como antes fue el capullo, dicho sea con todos los respetos.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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