Metáfora de barco

Aunque yo no tuviera ningún otro recuerdo de Joaquín Almunia, bastaría para admirarlo que la noche del 12 de marzo de 2000, tras comprobar que había obtenido los peores resultados de la historia del PSOE y que su adversario había alcanzado la mayoría absoluta, presentó su dimisión irrevocable.

Ahora esto no pasa. Vean cómo Susana Díaz, que ha conseguido los resultados más bajos de su partido en Andalucía, ha vestido los resultados de victoria espectacular por haber mantenido el número de escaños y gracias al desplome del PP. Pero en este partido, que ha perdido 17 escaños, tampoco se da nadie por aludido: ni el candidato, ni el presidente del Gobierno que tanto se implicó.

Luego está lo de UPyD, una lástima de partido que con sus magros cinco escaños había hecho aportaciones notables a la vida parlamentaria y a la vida política española, la última el caso de la comandante Zaida Cantera, brillantemente defendido por Irene Lozano. Lo grave no es tanto la cuantía de la pérdida, sino que la marcha hacia la irrelevancia se produce mientras Ciudadanos irrumpe con el 9,28% y nueve escaños. Nadie puede saber lo que será C’s en el futuro. El éxito es un panal de rica miel al que acudirán moscas y moscones a porfía. Hay algo, sin embargo, que sí se puede predecir. Los que pierden no atraen ni a las moscas ni a los votantes.

Recordarán los memoriosos que Sosa Wagner se buscó la ruina con una carta en la que reclamaba unidad con Ciudadanos y criticaba las maneras autoritarias de la dirección. Tras los resultados, algunos dirigentes han rectificado. Cierto que más vale tarde, pero la lógica política ha invalidado la negociación que no quisieron antes. Ciudadanos aplicará a UPyD el mismo tratamiento que Podemos a IU: de uno en uno y con el carné en la boca. Es triste, pero es así la vida. Sobre el autoritarismo, cabe considerar que una hora antes de la reunión del Consejo Político, Rosa Díez convocaba una rueda de prensa con las conclusiones ya fijadas. Ya pasó algo parecido el 20 de septiembre, cuando se encontraban en aquel paripé negociador con Ciudadanos, mientras su servicio de prensa repartía un informe de 40 folios sobre la imposibilidad del acuerdo.

Estaba todo cantado. La clientela de ambos partidos no acertaba a hallar las diferencias que se reprochaban en las alturas y era evidente que el partido que pusiera más empeño en buscar el desencuentro acabaría pagando la factura en las urnas. Las citas electorales que restan no serán para mejor, mientras los dirigentes más voluntariosos tuitean, como el abogado Herzog, que «UPyD está más vivo que nunca», y Gorriarán acusa a los díscolos con el tópico del temprano abandono del barco por las ratas. Él dice delicadamente «los irresponsables», pero la constante en la metáfora es el barco que se hunde.

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Y tó pa’ ná

EL MUNDO 23-3-15

Susana Díaz no había nacido todavía cuando el cineasta Luciano Salce rodó su película Colpo di Stato. Ambientaba la historia en unas elecciones italianas que incorporaban la informatización del cómputo de los votos. La ruta del escrutinio comienza con los barrios obreros y a lo largo de varias horas se da por hecho que el PCI va a ganar las elecciones, dando lugar a una noche de equívocos que se deshacen al llegar la mañana y descubrirse que seguiría gobernando el centro-sinistra, como siempre. Algo parecido ocurrió en el recuento del referéndum del Estatut de 2006. Los datos de la Generalidad daban insistentemente una participación superior al 50% hasta que a última hora cayó el dato que se estaba soslayando: sólo fue a votar el 49,41% de los catalanes.

Algo parecido debió de experimentar Susana Díaz cuando en los primeros compases del baile se le atribuían 64 escaños, en un recuento modélico en rapidez y eficacia. Es de suponer que en Ferraz, el joven Sánchez lo vivió al revés, alimentando su esperanza con cada escaño que se le caía a la presidenta socialista hasta que el PSOE empató consigo mismo, al obtener los 47 escaños que ya tenía. A finales del pasado mes de enero, Susana Díaz disolvía el Parlamento andaluz y convocaba las elecciones autonómicas que se celebraron ayer. La razón del adelanto, según sus propias palabras, era que su socio de Gobierno «restaba estabilidad, solidez y fortaleza, y sin garantías ni estabilidad no estaba dispuesta a gobernar».

Izquierda Unida fue con Valderas un socio pastueño de Gobierno y la presidenta le va a echar mucho de menos en la próxima legislatura. Ahora tendrá que explicar dónde va a buscar la fortaleza, las garantías y la estabilidad. Aparte de la posibilidad de la gran coalición, antes sólo tuvo la alianza de IU y ahora puede optar por dos alianzas alternativas: Podemos o Ciudadanos, ambas más complicadas que su sociedad anterior. ¿Y tó pa’ qué?, puede preguntarse la vencedora. Y tó pa’ ná, podría responderse, aunque le haya salido gratis su desastrosa campaña, la pérdida de los debates en TV y, como ya es habitual en toda España, la corrupción atribuible a su partido.

Los dos grandes perdedores son el PP e IU, que se han desplomado electoralmente: el primero ha perdido el 34% de su representación y la segunda, el 58%. Lo que no acaba de ver uno por más que examine los resultados de todas las maneras posibles es el fin del bipartidismo. Los dos grandes partidos, aunque han perdido en conjunto 600.000 votos, ocupan las tres cuartas partes de la Cámara. El tercer partido es más que doblado por la segunda fuerza política y más que triplicado por la primera. Podemos ha alcanzado unos resultados notables en su primera comparecencia, más si se tiene en cuenta el liviano equipaje intelectual de su candidata a la Presidencia. Sin embargo, el cambio en el mapa político que supone su irrupción no es muy apreciable. La suma de sus escaños con los de Izquierda Unida-Los Verdes-Convocatoria por Andalucía alcanza exactamente el mismo número de escaños que obtuvo la Izquierda Unida de Anguita con Luis Carlos Rejón como candidato el 12 de junio de 1994.

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La sal de la tierra

EL MUNDO 20/03/15

La cosa venía de antes y de influencias exteriores, pero lo que puede apreciarse en el mapa de la corrupción que pueden ver en estas páginas es que la corrupción tiene nombre propio en los primeros casos que se detectaron en Andalucía al filo de los años 90: caso Juan Guerra, caso Ollero, que los citados perpetraban respectivamente en la Delegación del Gobierno en Sevilla y en la Dirección General de Carreteras de la Junta. En la primera, el hermano del vicepresidente del Gobierno empujaba a base de cafelitos favores a empresarios y particulares a los que recibía en un despacho público. En la segunda, el titular cobraba comisiones.

Después tuvieron ya nombres de razones sociales, municipios, etcétera, se hizo más abstracta y despersonalizada. El caso Juan Guerra conmovió las conciencias de los honrados socialistas que estaban dispuestos a apostar material muy sensible de su propia anatomía por el desconocimiento de Alfonso Guerra en las andanzas de su hermano. Es muy probable que así fuera, pero el verdadero problema estaba en los valores compartidos: el hermanísimo, un particular, ocupaba un despacho oficial y el delegado del Gobierno en Andalucía no le hacía acompañar hasta la puerta por un par de guardias. Ni siquiera le preguntaba qué hacía allí. Todo era un valor entendido.

El mismo año de Juan Guerra saltó el caso Filesa, también del PSOE en el resto de España. Esto tenía un nivel más europeo. Lo había inventado, como tantas cosas, un socialistas francés, Henri Emmanuelli, que había constituido una sociedad llamada Urba, para facturar a empresas por informes no realizados. Aquel mismo año se tuvo conocimiento del caso Naseiro, que llevó el nombre del entonces tesorero del PP, también con nombre propio y en el que fue imputado el también tesorero Ángel Sanchis. El PP lo rebautizó como caso Manglano, en atención al juez que usó unas escuchas autorizadas únicamente para un delito de narcotráfico.

La corrupción es delito transversal y en Andalucía es la sal de la tierra: afecta mayoritariamente al partido hegemónico aunque también hay casos de IU, el GIL, el Partido Andalucista y el PP y el Partido de Almería.

El testimonio que hoy reproduce este periódico, de Andrés Bódalo, precoz como jornalero, padre y abuelo (a los 9, 17 y 35 años), tiene un estimable registro lírico: su esperanza para Andalucía es que «la tierra esté en manos de quien la quiere y la mima». No sabe el pobre que la tierra siempre acaba en manos de quien la recalifica.

«Se compran peonadas», dice, «y el Gobierno lo sabe». Parece que el candidato por el PP también se lo teme. No es partidario de cargarse el PER, dice, un plan que dejó de llamarse así hace casi 20 años, para ser rebautizado como Plan de Fomento del Empleo Agrario y dice que prefiere dotarlo de transparencia y eficacia.

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Fiscalidad supuesta

EL MUNDO  18/03/15

El juez Ruz, como el cartero de Cain, ha llamado dos veces, aunque parece que a la puerta equivocada. O a la puerta correcta, pero con un requerimiento erróneo. Recordarán que la semana pasada exigió a la Agencia Tributaria que le remitiera un cálculo sobre los impuestos impagados por el Partido Popular en el año 2008.

La respuesta de Hacienda al juez titular –por el momento– del Juzgado nº 5 de la Audiencia Nacional es que los partidos políticos son a efectos tributarios entidades sin ánimo de lucro y en tanto que tales no están obligadas a tributar por las donaciones anónimas que reciben.

Esto habría debido bastar para explicarle al juez Pablo Ruz la problemática, pero para abundar pedagógicamente en el asunto, ha comparado al PP con Cáritas y la Cruz Roja, oenegés que están dispensadas de pagar impuestos por las donaciones recibidas, en tanto que entidades sin ánimo de lucro. Y explicaban que si un empresario donara 400.000 euros de dinero negro a Cáritas y ese dinero fuese empleado en las actividades que le son propias, no habría delito fiscal, salvo el que pudiera estar detrás del dinero negro del donante.

Llegados a este punto, yo creo que la comparación es un poco exagerada. Le habría cumplido mejor equipararlo a la productora audiovisual Con Mano Izquierda, registrada como asociación cultural sin ánimo de lucro por Pablo Iglesias, a quien su antiguo socio acusa de haber recibido pagos en negro.

El asunto no termina ahí, aunque debería, no tributan y santas pascuas. Si los partidos no están obligados a tributar por haber recibido donaciones, según establecen las normas tributarias, no tributan y no se hable más. Sin embargo, la Agencia Tributaria remite al juez lo que con un encantador pleonasmo llama «simulaciones ficticias», en línea con el que popularizó el señor Cassamajó, aquel personaje de Sardá: «Es una broma humorística». Ahí sí veo yo un poco de intención en el responsable de la nota, al hacer dos cálculos sobre lo que correspondería pagar al PP por las donaciones después de haber sentado que no debe pagar nada.

En el primer supuesto ficticio computa como ingresos los 888.000 euros recibidos en 2008. Y, sin descontar ningún gasto deducible, calcula que habría de pagar 220.000 euros. En el segundo, incluyendo los gastos deducibles, la ficción se quedaría en 25.000. En el primer supuesto, los 220.000 euros de la simulada y falsa deuda tributaria, quedarían por encima de los 120.000 que marcan la frontera del delito fiscal.

Tal vez Pablo Ruz debería haber consultado a alguien de mucha confianza antes de ponerse campanudo. También el portavoz Hernando, un simulador ficticio como su homónimo del PP, debería tentarse la ropa antes de acusar al partido del Gobierno de haber defraudado a Hacienda 220.000 euros. Y si se considera que los partidos son entidades con ánimo de lucro, en euros contantes o en especies, cámbiese la ley sin tanto aspaviento, tanta ficción y tanta vaina, que bastante tenemos con los hechos reales.

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Andalucía arde en campaña

Está Andalucía en ascuas y campaña, entre el embarazo de Susana y los partos de los demás. Especial atención ha merecido el del delegado del Gobierno en Andalucía, Antonio Sanz, probablemente la melonada de la campaña: «No quiero que en Andalucía mande un partido que se llama Ciutadans y su presidente, Albert». El aludido le ha preguntado si cree, como Artur Mas, que Cataluña no es España. A ver quién le da a este hombre el disgusto de contarle que el candidato suyo, Juanma Moreno Bonilla, nació en Barcelona, según la Wiki. Mariano no ha destituido a su delegado por la majadería y, en cambio, ha prometido que su barcelonés, Moreno Bonilla, va a crear, con su ayuda, un millón de empleos, lo que va a suponer a escala 5,5 millones de puestos de trabajo en toda España.

Rajoy se ha equivocado con los números, pero también con las palabras, al decir que Ciutadans, en la guía de campaña del PP –y Siudatans en la lectura que de la misma hace Floriano–, yerra en su cálculo porque el PP va a ganar las elecciones y no va a necesitar bisagrista. Uno no sabe qué va a ser de C’s si se cumplen los pronósticos. Las encuestas atraen hacia partidos en alza aluviones de afiliados, con el peligro de que se cuelen todo tipo de logreros. Uno ya lo temió en su día por UPyD, cuando la diosa de las encuestas les sonreía. Pero no hace falta ser sociólogo para saber que Moreno Bonilla no es un potro ganador y que, si creyera de buena fe en sus augurios, no sería estrategia razonable la de enemistarse con los posibles bisagristas. Como tampoco es razonable que los aspirantes a hacer de gozne declaren la guerra al bipartidismo. Como advirtió cautamente Martín Garteiz, «sin bipartidismo no hay bisagras».

Snchz se ha ido lejos de Susana, a Santander. Podría haber marchado a Gerona, si no fuera porque las municipales de allí son de interés menor. Y ha dicho una verdad destacable: que el PSOE, al contrario que Podemos o IU, «ha estado con la libertad», en referencia al voto en contra de estas fuerzas a la represión en Venezuela en el Parlamento Europeo, que no es que a Pablo Iglesias le guste que se encarcele al alcalde de Caracas, pero de ahí a pedir que le saquen, pues tampoco.

Pablo se ha ido a apoyar a su lozana andaluza, Teresa Rodríguez, una candidata con mala suerte. Primero, tiene que aguantar que TVE saque un falso desnudo suyo y, lo que es peor, el desnudo intelectual que le sacó Emilia Landaluce en su entrevista para EL MUNDO, al hacerle confesar que sus inspiradores políticos han sido (no sé si en este orden): su madre, Rosa Luxemburgo, Salvador Allende, Miguel Hernández y García Lorca. Virgen santa ¡y es maestra! Eso sí que es salir en pelota picada, no hay quien dé más. Bueno, sí, Pablo Iglesias justificando a Cintorita con mentirijillas su voto contrario a la libertad de los encarcelados por Maduro. Y su novia, que en YO DONA, no todo es salir guapa en las fotos, confiesa estar leyendo La ‘ciudad’ mágica’, de Thomas Mann. Es que ellos, los de Rivas, son más de ciudad que de montaña.

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Fuga pregonada

Si el terrorista Plazaola se encontraba en libertad sin condición ni medida cautelar, tiene razón el ministro del Interior al sostener que no podía establecerse un dispositivo de vigilancia policial porque tenía plena libertad de movimientos y habría sido ilegal limitársela o vigilarle. Vivimos en un Estado de Derecho y los únicos que llaman a nuestra puerta a las tantas son, o bien el cartero (dos veces) o el lechero, que es de natural menos insistente y le basta con una.

O sea, que no cabe imaginar que la Policía controle a nadie, aunque se esté esperando la resolución judicial que lo lleve a prisión. O que, en otro orden de cosas, graben por propia iniciativa conversaciones de los vicepresidentes autonómicos. El ministro del Interior se pone muy enfático con estas cosas, recuerden cuando justificó la excarcelación de Bolinaga porque, si no, habría incurrido en prevaricación. Ésta es una falacia inspirada por Rubalcaba, que explicó lo de Iñaki de Juana por razones de humanidad y por razones legales, confundiendo lo que la ley nos permite hacer con aquello que nos obliga a hacer.

Lo que pasa con este asunto es que la responsabilidad principal no es del Ministerio, aunque también pueda caberle alguna. Hay precedentes. El 15 de mayo de 2013 un millar de batasunos se agruparon en un muro popular en Ondarroa para impedir a la Ertzaintza la detención de Urtza Alkorta, en busca y captura por una condena a cinco años ratificada por el Supremo. Después de un par de días, 300 ertzainas rompieron el muro y detuvieron a Alkorta, así como a varios protectores que, año y medio más tarde, eran condenados a un año de prisión.

Comparado con el de Ondarroa, el muro popular de Oñate, medio centenar de voluntariosos abertzales, era la sencilla barda de un corral. Es rigurosamente impresentable que, apenas aprobada la resolución por el Tribunal Supremo, la noticia se filtrara a los medios al filo del mediodía. He aquí una condición necesaria que el presidente del órgano de gobierno de los jueces ha prometido investigar. Luego está lo de los tiempos. Cómo es posible que la orden del Supremo tardara cuatro horas en llegar a la Audiencia y las Fuerzas de Seguridad del Estado no recibieran la orden de detención hasta las nueve menos cuarto, y que, para más ludibrio, la secretaria judicial no estuviera en Bergara y hubiera que ir a buscarla a Vitoria, por lo que la Policía no pudo entrar en casa del terrorista hasta pasadas las once de la noche.

Ya no estaba, claro, y se desconoce su paradero. Podría estar en Francia, pero también podría haberse ocultado en otra vivienda del inmueble. El juez no dio permiso para registrar otros pisos y el ministro Fernández no permitiría la menor licencia a las FSE, a ver si se creen que esto es Hawai 5-0.

En todo caso, y por si el terrorista se hubiera abierto en algún coche desde el garaje del edificio, sugiero al ministro, con el debido respeto, un truco perfectamente legal para otra vez: control de alcoholemia en cada extremo de la calle, so pretexto de que «me han dicho que en este pueblo bebéis mucho».

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Las chicas son guerreras

Hace unos 35 años que el grupo Coz se instaló en el rock español con dos éxitos notables: Más sexy y, sobre todo, Las chicas son guerreras. Las candidatas del PP Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes estaban por entonces en edad de merecer y parecía cuadrarles la letra de esta última: «Jugar con ellas es como manejar la nitroglicerina / tienen más vatios que una nuclear, / y no son tan dañinas», aunque el texto sea manifiestamente mejorable y lo último esté por demostrar.

Esperanza Aguirre es uno de los animales políticos más cualificados del zoo español. Tiene un tirón insuperable para la derecha y concita unas fobias difícilmente superables en la izquierda, muy especialmente desde que en 2003 encadenó tres mayorías absolutas en las que se asentó hasta su dimisión, nueve años más tarde. Aquello, anunció, era su adiós a la política, aunque más bien parecía una pausa para que pasara el tajo que los recortes del Gobierno de España iba a dar al estadito del bienestar que ella administraba en la Comunidad de Madrid.

Entre los adversarios internos de Rajoy es la única que le ha aguantado sus pulsos. El legendario manejo de los tiempos que atribuyen al presidente del Gobierno. Mariano se limitaba a resistir en plan impávido como los grandes fajadores de antaño, hasta que los adversarios se cansaban y desistían. Aguirre le ha resistido siempre, incluso si algunos de sus colaboradores –baste citar a Granados o López Viejo– estuvieran implicados en el caso Gürtel y en las aspiraciones de Ignacio González se cruzara un ático en el sur y dos policías muy voluntariosos.

Cifuentes formó parte de aquel grupo de jóvenes dirigentes del PP que hicieron peña con el entonces rector de la Complutense, Gustavo Villapalos. Su nombramiento como delegada del Gobierno en la Comunidad de Madrid tuvo lugar muy poco después de que el alcalde Gallardón pasara a ser ministro de Justicia. Sucedió que el ministro no se llevó consigo a Marisa González, la portentosa dircom que nos hizo creer a muchos que el alcalde era un socialdemócrata ejemplar.

A Rajoy le ha salido bastante bien la operación. Ha dejado de ser el único partido sin candidatos para Madrid y de alimentar las esperanzas del PSOE, después del buen resultado de la operación Gabilondo. Aún sin conocer qué resultados obtendrían el ex ministro de Educación y Cifuentes en las autonómicas, es de suponer que al candidato socialista a la Alcaldía, Antonio Carmona, le habrá entrado el síndrome Piolín de Juanma Moreno frente a Susana Díaz.

Pero estas cosas están condenadas a dejar secuelas. El precio que se quiere cobrar el presidente nacional del partido es la salida de Esperanza Aguirre de la presidencia del PP madrileño, quizá en la esperanza (dicho sea sin señalar) de que, a partir de la Casa de la Villa, siga el camino de Gallardón hacia la nada, aunque esa es una medida del largo plazo muy generosa. Incluso para Rajoy.

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