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Educar para la paz

Santiago González

El lehendakari Ardanza encargó en 1985 un informe sobre la violencia a una comisión de expertos formada por los británicos Clive Rose y Peter Janke, el alemán Hans Horchem, el francés Jacques Leauté y el italiano Franco Ferracuti. Los comisionados vinieron y se entrevistaron con unos y con otros. Varios meses y 600 millones de pesetas después, entregaron a su mandante un informe sobre la violencia terrorista en Euskadi. Tras un estudio comparado del estado de la cuestión en Europa, el informe definía las especificidades del terrorismo etarra frente al norirlandés y explicaba que a diferencia con éste, lastrado por un problema religioso y la existencia de dos comunidades, la violencia en Euskadi sí tenía arreglo.

Los autores del informe concedían una gran importancia a la educación de los ciudadanos y por ello formularon recomendaciones precisas sobre el papel de la escuela y los medios de comunicación públicos, en especial, la televisión.

Aquel informe se preveía en uno de los puntos del decálogo sobre la violencia elaborado por el Gobierno vasco tras el asesinato del superintendente de la Ertzaintza en marzo de 1985. No se supo que sirviera para nada práctico; los asesinos del teniente coronel Díaz Arcocha no han sido detenidos ni juzgados 22 años después y el entonces portavoz del Gobierno vasco, Eugenio Ibarzábal, ya se expresaba en términos muy parecidos a los que hoy emplea Miren Azkarate: «Esperamos que (los de Herri Batasuna) insten a ETA a que, de una vez por todas, abandone las armas y ceje en el camino de la violencia, ya que ésta es la voluntad popular ampliamente demostrada».

Veintidós años después, otro Gobierno vasco ha elaborado un plan de educación para la paz que busca deslegitimar a ETA y “otras violencias”. Laus Deo. Los escolares de entre 14 y 16 años tendrán la ocasión de oír testimonios de víctimas de ETA y víctimas de los GAL. Planteada así la cuestión, el plan muestra una de sus debilidades, al usar el sufrimiento como patrón educativo. Es obvio que nada se parece tanto al dolor de una madre a quien le han asesinado a su hijo, como el dolor de otra madre a quien le han asesinado al suyo. También se le parece bastante el dolor de otra madre cuyo hijo haya sufrido una muerte súbita: un accidente de coche, una caída desafortunada, un infarto, aun cuando no medie la ofensa de una mano airada, porque la sensación de duelo es absolutamente dominante.

Pero la equiparación de ETA y el GAL es desafortunada, no sólo en términos cuantitativos, porque esta última forma de terrorismo desapareció en 1986 y no es una amenaza de presente ni de futuro para la libertad y la convivencia. Es también innecesaria. La única violencia que aquí goza de cierta legitimidad social es la que practica ETA y es, por tanto, la única que requiere tarea deslegitimadora.

Lo demás es equiparación y equidistancia. La portavoz del Gobierno, Miren Azcarate, denunció en pie de igualdad el 26 de diciembre pasado el asesinato de los guardias Raúl Centeno y Fernando Trapero en Capbreton, el atentado de Nochebuena contra la Casa del Pueblo de Balmaseda y la muerte en accidente de tráfico de la suegra de un terrorista preso que viajaba a visitarlo.

Joseba Azkarraga condenó el pasado 16 de diciembre el atentado de ETA contra los juzgados de Sestao, reclamando a Batasuna que “no se puede hablar del ámbito de los derechos humanos cuando hay algún partido que sigue callando cuando se producen actuaciones de estas características (…) Ya vale de silencios“.

Unas horas más tarde, el consejero de Justicia encabezaba los aplausos en el Congreso de EA a su invitado Pernando Barrena, que ese mismo día y respecto al atentado descrito había permanecido callado y más callado y más callado, por decirlo con palabras del poeta. El gesto de Azkarraga, secundado por la inmensa mayoría de los congresistas, trataba de contrarrestar una minoritaria protesta que increpaba al batasuno con el grito de “¡Criminal, condena lo de Sestao!”. A nadie se le ocurrió exigir: “¡condena lo Capbreton!”.

Para educar a los escolares es preciso dejar de caracterizar la actividad terrorista como “expresión del conflicto” en esas insustanciales aporías tan del gusto del lehendakari Ibarretxe. Lo único relevante en la entrevista con ETA del fin de semana es la afirmación de que el precio de la paz no es que el Estado pague a otros nacionalistas lo que los terroristas aspiran a cobrar para ellos mismos.

Ya podemos añadir a los planes de estudios de nuestros escolares asignaturas de educación para la paz, el civismo, la ciudadanía y el desarrollo autonómico, que mientras no cambien los valores que sustentan la manera de hacer política, los chicos seguirán interiorizando lo que oyen en casa y tales asignaturas, logros curriculares transversales, no serán sino amables, inocuas, inútiles ‘marías’.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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