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Fulgor y entierro del Pacto de Ajuria Enea

Santiago González

“Hace veinte años que tengo veinte años”, cantaba Serrat a sus cuarenta en homenaje a ‘Ara que tinc vint anys’, una hermosa y primeriza canción suya, aunque de esto hace ya también veinte años, los mismos que cumplió el sábado el Pacto por la Pacificación y Normalización Democrática, más conocido como Pacto de Ajuria Enea.

Hace veinte años que tuvieron actualidad las fotos que este fin de semana se han publicado en los diarios y las imágenes de los informativos de televisión. Los escépticos dijeron entonces que el pacto era sólo una foto y no les faltaba del todo la razón. Pero aquella imagen fue muy importante: Era la primera vez que se alcanzaba un acuerdo que la ingeniería léxico-política acabaría llamando ‘transversal’. La raya fronteriza que marcaba la diferencia de los nacionalistas con los que no lo eran se convirtió en barrera que separaba a los demócratas de los aceptaban el asesinato como expresión política. En ninguna ocasión hasta entonces se había producido la unidad de los demócratas frente a los terroristas y sus cómplices y éste fue un elemento altamente pedagógico para la sociedad vasca mientras duró.

El Pacto vivió, en rigor, tres años, durante los cuales practicó una política de unidad contra el terrorismo. Su primer gran escollo fue la autovía Irurzun-Andoain cuyo trazado había sido desautorizado por ETA. La expresión de la firmeza de Ajuria Enea frente a ETA y HB fue encarnada por el diputado general de Guipúzcoa, Imanol Murua, de Eusko Alkartasuna. La mesa de Ajuria Enea convocó en defensa del trazado oficial una manifestación en San Sebastián para el sábado, 16 de febrero de 1991, que resultó multitudinaria.

Fue el canto del cisne del pacto. Tres meses y diez días más tarde se celebraron las elecciones municipales y forales. Ya entonces el PSE mostró su inclinación por las opciones menos convenientes y, frente a Imanol Murua, apoyó a Eli Galdos para presidir la Diputación de Guipúzcoa. El nuevo diputado general llegó en agosto de aquel mismo año a un acuerdo con Lurraldea, una plataforma vagamente ecologista liderada por un antiguo concejal de Herri Batasuna en Tolosa llamado Jonan Fernández.

El acuerdo fue secundado por el PSE y celebrado públicamente con otra foto que se hizo famosa: la del brindis de HB.

Eusko Alkartasuna y Euskadiko Ezkerra culparon al PNV de haber arruinado el Pacto de Ajuria Enea. Garaikoetxea hizo un comentario que sólo puede entenderse como sarcástico. Al valorar el acuerdo como la desaparición de facto del Pacto de Ajuria Enea, se preguntó si después de ceder la mayoría de los vascos a las exigencias de ETA sobre la autovía no sería razonable aprobar por aclamación la alternativa KAS.

Leizarán fue el comienzo del fin y el piso piloto de todas las chapuzas posteriores. Lurraldea se reconvirtió en Elkarri y aplicó el mismo método al problema terrorista en su conjunto, proponiendo nuevos trazados gandhianos sobre las mismas premisas: no hay caminos para la paz; la paz es el camino.

Se ha argumentado que la exigencia del cumplimiento íntegro de las penas para los delitos de terrorismo supuso el fin del Acuerdo de Ajuria Enea. No se corresponde con los hechos. El PP empezó a cuestionar la política de reinserción contemplada en el pacto a raíz del asesinato del teniente general Veguillas, de su conductor y un tramoyista que pasaba por allí, el 29 de julio de 1994. Posteriormente, el programa electoral de los populares para las elecciones generales de marzo de 1996 incluyó el cumplimiento íntegro de las penas, aunque no fue hasta el Consejo de Ministros del 3 de enero de 2003 cuando el Gobierno de Aznar propuso una reforma del Código Penal en tal sentido.

Para entonces hacía mucho tiempo que el Pacto de Ajuria Enea se había hecho humo. Su certificado de defunción lo extendieron durante el verano de 1998 el PNV y EA, al negociar con ETA las bases del Pacto de Lizarra y la tregua que la banda terrorista declaró el 16 de septiembre de aquel año.

Todas hieren; la última mata. El PNV y EA se comprometieron ante la organización terrorista a “romper con los partidos (PP y PSOE) que tienen como objetivo la construcción de España y la destrucción de Euskal Herria”. Ese es el fin definitivo para un pacto, cuando uno de los firmantes cambia de socios y de objetivos.

Los nacionalistas lo hicieron en 1998. Los socialistas propusieron dos años después el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, un acuerdo entre el partido del Gobierno y el llamado a serlo en la alternancia para llevar a ETA a asumir la inscripción del 9º círculo del infierno del Dante: “Lasciate ogna speranza, voi ch’entrate”. Ellos mismos lo enterraron el 17 de mayo de 2005, al cambiar en el Congreso su alianza con el PP por la que aquel día establecieron con siete grupos minoritarios de la cámara, entre los que figuraban los nacionalistas.
Veinte años no es nada, dice el tango, aunque no sea exacto. Queda un hermoso recuerdo.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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