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Un rescate mercedario


Santiago González

El secuestro del atunero Playa de Bakio concluyó sin males mayores el sábado por la tarde. La liberación del pesquero se produjo, según la portavoz de la Vega, gracias a “una acción coordinada y conjunta del Gobierno, del armador y de la diplomacia”. “Y del periodismo”, debió añadir para darle a cada cual lo suyo, porque el jefe de la diplomacia española, propiamente dicho, se enteró de la buena nueva por boca de un periodista español que acababa de recibir un sms. El hecho tuvo lugar durante una rueda de Prensa que Miguel Ángel Moratinos compartía en Lima con el presidente peruano, Alan García.

Era una buena noticia en sí misma. Ninguna otra consideración puede tener tanto peso como el alivio de los pescadores y sus familias ante la cercana perspectiva de volver a abrazarse. Es más discutible que podamos hablar de ‘final feliz’. La vicepresidenta, que no tuvo su día más transparente, respondió elusivamente a la cuestión de si se había pagado rescate por la recuperación del barco –desvalijado- y de sus 26 tripulantes sanos y salvos. Recurrió a una perífrasis difícilmente cuestionable, que la prioridad del Gobierno fue en todo momento salvaguardar la integridad física de los secuestrados. Tampoco habría faltado a la verdad si hubiera dicho, un suponer, que a lo largo de la negociación nunca se había contemplado la posibilidad de pagar ningún precio político por el rescate.

Afortunadamente, los piratas no habían pedido, no ya el derecho de autodeterminación, sino ni siquiera una triste reforma estatutaria. Querían y obtuvieron, eso sí, una relación más o menos bilateral y un plan de financiación modesto: 770.000 euros a pagar de una sola vez, y, según se dice, en metálico. ¿Qué es eso para nosotros? Nada, si bien se mira. Albañilería y pintura para dos reformas como la que hizo Bermejo en su vivienda.

Se ha pagado a los secuestradores, lo que a todas luces parece una medida sensata y humanitaria para no poner en peligro 26 vidas inocentes. Pero una vez conseguido el objetivo principal, faltó un detalle para que el drama tuviese, en efecto, un final feliz. Como el del velero francés Ponant, un por poner, con el dinero recuperado y los secuestradores detenidos. La negociación con unos piratas no puede comprometer a un Gobierno legítimo, al igual que las promesas del negociador, la figura policial que lleva la voz cantante en los atracos con rehenes, no son de obligado cumplimiento, una vez liberados estos.

Es una de esas pequeñas paradojas de la vida, que pudiendo elegir el modelo de Sarkozy para hacer frente a la piratería, se haya optado por la Orden de la Merced, que nació en el siglo XIII para liberar a los cautivos cristianos mediante el pago del rescate a sus captores sarracenos. El presidente francés será de derechas, pero es laico.

El Gobierno, que había incumplido una bienintencionada resolución del Congreso de 2006, hará bien en impulsar un acuerdo internacional para garantizar la seguridad a la pesca y la navegación en el Índico. Mientras, debería cuidar su imagen, con el fin de que no corra entre los piratas la especie de que el Gobierno español es flete, nunca mejor dicho. Montesquieu explicaba en su magnífica Grandeza y decadencia de los romanos, que cuando estos iniciaron su declive, a veces por cobardía, otras por debilidad, compraban tranquilidad a los pueblos que amenazaban invadirlos. Inútilmente, argumentaba el barón: “la paz no puede comprarse, porque quien la ha vendido se encuentra con ello en mejores condiciones para hacerla comprar nuevamente.”


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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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