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El adiós de Zaplana

Santiago González

Eduardo Zaplana ha hecho un mutis difícilmente reversible en la escena política nacional y esto, que es buena y mala noticia al mismo tiempo, -la risa va por barrios- constituye, de momento, el último episodio de la desaceleración política que tan intensamente está viviendo el partido de la oposición.

Zaplana ha fichado por Telefónica a los 52 años, que es la edad a la que han adelantado las jubilaciones de sus trabajadores muchas empresas públicas y algunas privadas, como la propia Telefónica, que las pagan con dinero público, ese bien mostrenco, en gran definición implícita de Carmen Calvo. El portavoz del grupo Popular en el Congreso durante la pasada legislatura ha sido nombrado delegado de Telefónica para Europa, lo que viene a hacer venturosa realidad la jaculatoria que recitan con gran fervor los cincuentones: “hay vida después de los cincuenta”.

Ha tenido mucha suerte. Si en vez de ser diputado y portavoz de los suyos, hubiera sido, un suponer, periodista de Radio Nacional o Televisión Española, lo habrían enviado a casa con el 90% del sueldo hasta la edad reglamentaria de ir al parque como jubilado de pleno derecho. O los políticos son especie más longeva que los periodistas, o aprenden cosas de más fundamento mientras ejercen su oficio: puede que resulten más provechosos para la sociedad o, simplemente, que sean más aptos para la supervivencia.

Eduardo Zaplana puede explicar lo suyo con un par de versos de la Elegía que su casi paisano, Miguel Hernández, dedicó a Ramón Sijé: “y sin calor de nadie y sin consuelo,/ voy de mi corazón a mis asuntos”. Es de suponer que Manuel Pizarro, que ha hecho justo el viaje contrario, del Consejo de Telefónica a diputado sin graduación, verá su ida con algo de melancolía. Eso sí que es viajar sin calor y sin consuelo y perder un pastón por el camino.

Este hombre ha sido acusado en varias ocasiones de corrupción y de financiación ilegal de su partido, aunque ha salido bien librado de todas ellas. Alfonso Guerra, el decano de los diputados, le ha hecho una crítica generalizadora: “los dirigentes conservadores quieren esto como una forma de tener estatus o prestigio social. Una vez que dentro de su grupo no están donde ellos creen que deben estar pues tienen otro camino, el camino de hacer dinero”. No como los dirigentes progresistas, que hacen de su cargo plataforma de altruismo y servicio a los demás, si bien es verdad que algunos de entre ellos hacen transitar este sacerdocio por el camino de hacer dinero”. ¿Porque no tienen otro camino después o por un compromiso con el trabajo que les lleva a elegir como divisa “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”? No hay manera de saberlo. Misterios insondables del alma humana.

En la crisis del PP, el antiguo portavoz era un valor ya amortizado, tal como demuestran los elogios fúnebres que le dedican los propios, entre el responso de oficio de Rajoy: ha sido “un portavoz extraordinario”, y la “muy mala noticia” que supone para Esperanza Aguirre el adiós de Zaplana a la vida política. Él no era un hombre que pudiese aspirar al liderazgo en su partido. Marcado por el pasado y cercado por el presente, ni siquiera pudo conseguir que Camps le ofreciese una candidatura por Valencia, tierra que él había conquistado a la izquierda para el PP. Su única posibilidad de sobrevivir era impulsar candidatura ajena y alternativa a la de Rajoy. Un portavoz extraordinario. Muy mala noticia. Este cruce de epitafios ha dejado sentenciada la crisis popular, aunque sólo por ahora, hasta el congreso de Valencia.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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