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La gran pregunta

Santiago González

Hace varios años, durante el secuestro del empresario José María Aldaya a manos de ETA, ETB (perdonen ustedes una progresión que debería seguir con etc.) programó un especial que llevaba por título ‘Todas las caras de la violencia’. La televisión pública vasca hizo saber que el espacio iba a concluir con una encuesta telefónica en la que el público debería responder a la pregunta: “¿Merece Aldaya estar secuestrado?”

El anuncio suscitó cierto escándalo que determinó la eliminación de la consulta, pese a la estupefaciente declaración de uno de los responsables del engendro: “la pregunta tiene una segunda lectura que va más allá de si uno está a favor del secuestro político o no”. Todas las opiniones son legítimas, ya lo dice el lehendakari.

En estos años nos hemos sofisticado mucho. Observen la diferencia entre una formulación tan primaria y la primera de las dos preguntas que Ibarretxe ha preparado para examinarnos: “¿Está usted de acuerdo en apoyar un proceso de final dialogado de la violencia si previamente ETA manifiesta de forma inequívoca su voluntad de poner fin a la violencia para siempre?”

Con el debido respeto, la pregunta parece una melonada y si bien se mira, está en la misma onda de la que ETB planteaba hace 13 años. Expliquémonos. Aquella era perversa. Ninguna instancia pública puede preguntar a nadie si es partidario del secuestro, el asesinato o cualquier otra especialidad recogida en el Código Penal. Aun si fuese para demostrar que la natural bonhomía de los vascos (y las vascas, naturalmente) les lleva a estar más en contra que a favor de los actos terroristas. Los derechos humanos no se pueden adjudicar de manera asamblearia. Lo malo de preguntar a la ciudadanía para que manifieste su posición contraria a un secuestro es que se le ofrece la obscena, ilegítima posibilidad de manifestar su complicidad con los secuestradores, un contradiós y una infamia.

Ibarretxe ha leído su pregunta dos días después de que el presidente del PNV prometió que incluiría “un rechazo explícito de ETA” y que su partido “no puede jugar con preguntas ambiguas cuando se habla de un principio ético”. Cabe la posibilidad de que el PNV practique una bicefalia estricta y el presidente sea incapaz de controlar al lehendakari; puede que Iñigo Urkullu esté ensayando un liderazgo político alternativo, en la línea del que ahora mismo ejerce Mariano Rajoy en el PP; tampoco es improbable que el presidente del partido-guía desconozca el significado de las expresiones ‘rechazo’, ‘explícito’, ‘ambiguas’ y ‘principio ético’ o que sea el lehendakari el que no lo conoce. O que sí lo conozcan, pero no usen las palabras con propósitos minuciosamente descriptivos. Uno de los grandes éxitos políticos de Zapatero ha sido la generalización de su máxima: “las palabras deben estar al servicio de la política” y no al revés.

Cuenta Ibarretxe que ETA “no puede decir cuándo se puede hablar declarando una tregua” y lo dice mientras presenta un texto calculado para que lo voten los representantes de ETA en el Parlamento vasco. Que la primera pregunta sirviera al proceso de paz de Zapatero no es un elemento tranquilizador. ETA la aprobará como hizo en aquella ocasión. No será garantía de que ETA piense dejarlo, como no lo fue entonces. Fracasará la negociación como fracasó aquella. Si ETA tiene la voluntad de poner fin a la violencia para siempre y lo manifiesta de manera inequívoca, no parece que el acuerdo o desacuerdo de los ciudadanos sea muy relevante. ¿Para qué es decisivo su apoyo? Que lo dejen y ya se verá. No se sabe a qué viene tanta pamplina enfática entre signos de admiración: “¡No dejes que nadie decida por ti!”. Cuando ETA (pm) lo dejó, bastaron unas conversaciones con Rosón. No hubo apoyo del pueblo vasco ni falta que hacía. La pregunta, formulada cuando los terroristas han vuelto al coche bomba es un sarcasmo y un insulto a la convivencia, a la democracia, a la razón.

“Queremos poner a ETA en su sitio”, dijo textualmente Ibarretxe, sin añadir más precisiones. ¿Y cuál será ese sitio?, puede preguntarse el público. La mesa de negociación, naturalmente. Hagamos un ejercicio de trasposición y sustituyamos en la pregunta del lehendakari los términos ‘violencia’ y ‘ETA’ por violencia machista y maltratadores, por violación y violadores, por pederastia y pederastas. ¿Debería negociarse con el presunto violador y asesino de Mari Luz Cortés o el único error del sujeto es no haberse sindicado con sus iguales, con el fin de que estos reivindicasen “Del Valle, askatu!”?¿Deberían constituirse dos mesas, una en la que el Gobierno negociara el indulto con el interesado, bajo la firme promesa de no volver a las andadas y otra de partidos sin exclusiones para legalizar la Confederación Autonómica de Pederastas y una reforma del Código Penal que dé sentido a su lucha?

Hay otra pregunta. Habrá más días.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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