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Eso fue todo

Santiago González

El gran problema que plantea el congreso del PP es la interpretación de los signos. Cómo valorar de manera unívoca la llegada de Aznar al plenario el viernes, interrumpiendo el desarrollo del mismo con su entrada, la puesta en pie de todos los asistentes y de la propia mesa del Congreso mientras sonaba el himno del partido y la discriminación de los saludos: abrazo de camarada, risotada y cachetito en el pestorejo al fiel Acebes y el pase del desdén al sucesor.

Tan solo 24 horas más tarde, el mismo Aznar dedicaba al mismo Rajoy un cálido apretón de manos ayudado con el palmoteo de la izquierda y adornado por alto con una carcajada de las que ponen en riesgo el ensamblaje de las mandíbulas, de esas que sólo pueden ser definidas con el portentoso neologismo acuñado por el difunto Jesús Gil: ostentórea.

Haría falta un sinólogo para interpretar correctamente el sentido de los gestos de José María Aznar. Más claras parecieron las palabras en su discurso: aquello fue un chorreo, un fuego graneado que iba criticando todos los aspectos del cambio estratégico que ya se perfila en la ejecutoria de Rajoy. Una de las advertencias contrapropuso su experiencia a la voluntad del sucesor de alterar el orden de los factores: “En 1996 primero ganamos y después gobernamos con diálogo y acuerdos. Por ese orden, que no se nos olvide”. De ellos se deducen dos ideas: que Aznar se tiene como referencia a sí mismo y que no cree en la propiedad conmutativa: los mismos problemas planteados en tiempos distintos deben ser afrontados con las mismas recetas aplicadas en el mismo orden. Rajoy parecía responderle en el discurso de presentación de su candidatura al exponer un problema que no se le había presentado a Aznar: “no quiero que nadie vote al PSOE para que no gane el PP”.

Por otra parte, el nacionalismo vasco ya mostró una ejecutoria incompatible con los principios del PP en el pacto que firmó con EA y con la organización terrorista ETA en el verano de 1998, un acuerdo para excluir a los partidos empeñados en la construcción de España y la destrucción de Euskal Herria. Y aquello no fue obstáculo para que Aznar negociara con el PNV el apoyo de sus cinco diputados a los presupuestos del año 1999 apenas dos meses más tarde. Y para que repitiese la jugada al año siguiente, para aprobar las cuentas de 2000. Y pagar en ambas ocasiones, naturalmente.

No se descarta que la bronca le venga bien a Rajoy para romper el maleficio que a lo largo de la anterior legislatura supo situar al PP en la derecha extrema. Si fuésemos unos virtuosos del wishful thinking podríamos pensar que la intervención de Aznar fue un acto de desprendimiento último: ser el cordero pascual que se lleva consigo las acusaciones de radicalismo. Evidentemente, no es el caso, pero, ¿por qué, después de una crítica tan sistemática al nuevo ma non troppo presidente, el crítico presidente de honor le expresa su “respaldo responsable”? Misterios de los partidos políticos. Queda pendiente alguna cuenta en Valencia, como la identidad del presidente con el candidato, pero queda otro congreso antes de que termine la legislatura. Rajoy ha tenido un apoyo más bajo que ningún otro presidente del PP, un 78,8% frente a votos en blanco, abstenciones y 47 votos nulos, pero nada podía salvarle de esto, salvo la acusación de ganar a la búlgara, váyase lo uno por lo otro. Rajoy ha abierto un poco el partido, pero no ha perdonado ni un solo agravio, que se lo pregunten a Costa o a Elorriaga, que eran de los suyos hasta que abrieron la boca.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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