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Manifiesto al aire

Santiago González

El lehendakari es el primero de los políticos que dio una generación de servidores públicos caracterizada por un rasgo común. Han llegado a gobernar la cosa pública sin una biografía previa que acredite su capacidad para gestionar asuntos privados, sin una experiencia que parece deseable: el peso de la responsabilidad, saber que de sus decisiones dependían cuestiones muy concretas, como los empleos de medio centenar de trabajadores o la cuenta de resultados de la empresa. Haber sentido la experiencia de enviar un currículo a un empresario y conocer el precio de mercado de sus habilidades y su experiencia profesional.

Ibarretxe fue el primero que pasó directamente de la Facultad de Económicas a la alcaldía de Llodio. Los políticos de ahora salen ya de los batzokis encastrados en las listas electorales, listos para desempeñar el cargo. Es cierto que esto pasa también en otros partidos, pero en niveles muy diferentes. Los socialistas o los populares están sometidos a los caprichos electorales de la plebe, que puede encargarles el Gobierno o enviarles a la oposición. Es, asimismo verdad que en la oposición también hay cargos públicos y que el futuro de los candidatos lo diseñan los que elaboran las listas, pero no hay color. Cuando se tiene el Gobierno hay muchos más puestos al sol, asideros para no caerse, plazas próximas al pesebre y el PNV lleva más de treinta años sin conocer otra cosa que el triunfo, salvo aquel brevísimo tiempo en que el socialista Ramón Rubial presidió el Consejo General Vasco. Son muchos los políticos que, incluso poseedores de un buen expediente académico, carecen de contacto con el mundo real, con la economía de verdad que deja víctimas de carne hueso, estadísticas de empresas cerradas y parados que van quedando al borde del camino. Hágase el lector con la lista del primer Gobierno autonómico en 1980 y compare las biografías de sus integrantes con las del actual tripartito vasco. No hay color, oigan.

Son lógicas diferentes. En la vida real hay fracasos que se pagan con la dimisión. Son lógicas distintas. El capitán de un barco naufragado se presentó en la sede central que la compañía naviera tenía en Bilbao y le dijo al capitán-inspector de la misma: “Supongo que estoy despedido”. “No, hombre”, replicó su interlocutor. “Díganos que barco quiere hundirnos ahora”. El lehendakari salvador de 2001 fue el artífice del fracaso de su plan en 2005.

El sábado que viene se van a cumplir seis años desde el día en que Ibarretxe presentó en el Parlamento el plan que llevó su nombre, aquella frágil barca del amor que se estrelló contra la vida cotidiana, por decirlo con palabras de Maiakovski y contra una mayoría apabullante del Congreso, que es el depositario de la voluntad soberana de los españoles, por decirlo en los términos, más espesos, pero inequívocos, de la Constitución de 1978.

Cuatro años antes, Ibarretxe había sido el hombre del PNV para el Gobierno vasco, mientras el partido se engolfaba un poco en el diálogo con ETA y firmaba el compromiso de Lizarra. También fue la encarnación de la divina providencia cuya tenacidad salvó al partido de la derrota electoral y la pérdida del poder en mayo de 2001. Él fue también el responsable del fracaso de su plan en 2005. Y de esta intentona en 2008 ¿Puede un político sobrevivir a dos fracasos que lleva su nombre? Puede, aunque no debe. Es mal asunto que los políticos no depuren con la dimisión los errores cometidos en el ejercicio de su cargo. Les acostumbra a creer en la impunidad y ese es un mal asunto para la vida democrática.

El lehendakari y su partido no paran de dar bandazos desde las elecciones de marzo. El 18 de agosto expresó Ibarretxe su creencia en que el Tribunal Constitucional autorizaría su consulta porque él no conocía “ningún argumento serio” para oponerse al plebiscito. El 1 de septiembre lanza un órdago: si antes del día 15 no ha habido un pronunciamiento favorable del TC, el lehendakari propuso y se propuso denunciar al Gobierno español ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos: “vayamos todos, y yo el primero, por la senda de la insurrección”, por decirlo con palabras (aproximadas) de Fernando VII.

Habría sido la tercera vez. El Tribunal de Estrasburgo ya había rechazado dos denuncias del Gobierno vasco contra el español: una de 1997, contra la dispersión de presos y otra de 2003 contra la Ley de Partidos. En los días que llevamos de septiembre, la iniciativa se ha ido desdibujando hasta quedarse en nada: un manifiesto sin destinatario en el que los firmantes se declaran partidarios de la consulta. Es la expresión de un deseo individual, tan legítimo como inane, el parto de los montes: un ratón.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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