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El último debate

Santiago González


Había un olor a despedida en el último gran debate de la legislatura. El lehendakari hizo un discurso ccon los tres argumentos de siempre: balance autosatisfecho, la paz y la solución al conflicto, que tantos planes ha tenido: primero fue Lizarra; luego un plan de cosoberanía y de convivencia amable con España a través de un estatus de libre asociación, el ‘Plan Ibarretxe’, que, tras fracasar en el Congreso, fue sustituido por la hoja de ruta rechazada por el Constitucional basada en el derecho a decidir y su referéndum consultivo.


La principal novedad de su discurso es que por vez primera no anuncia planes alternativos. No había plan B como se temía Odón Elorza. Sí hubo autosatisfacción sobre los pasos dados por su Gobierno para poner en pie un nuevo modelo económico al tiempo que se avanza en la construcción social de Euskadi.


Es mucho el progreso de la sociedad vasca que él definió mediante una comparación virtual entre los datos de nuestra realidad y el ranking de los países de verdad sobre los distintos indicadores del bienestar. Y así resulta que nuestro país imaginario ostenta el tercer índice más elevado de desarrollo humano (IDH) en todo el universo mundo, justo por detrás de Islandia y Noruega y ganando por la mano a Australia. Mejor aún nos va en longevidad, indicador en el que somos los segundos, solo superados por Japón, por no hablar de nuestra envidiable sensibilidad respecto al medio ambiente, en la que sólo nos aventajan los suecos.


Se quejaba el lehendakari de que éstas y muchas otras realidades no hayan sido reflejadas en los medios de comunicación, porque “en las portadas mediáticas a veces prima la crispación por encima de la gestión real”.


En justa correspondencia, él ignoró en su discurso algunas novedades que la misma mañana de ayer anunciaban los medios de Comunicación. Sin recrearse, pero con aplomo, citó como una de sus conquistas el nuevo currículo vasco. Los periódicos del día daban cuenta de que el proyecto de sustituir los modelos lingüísticos por el modelo de inmersión que su Gobierno aprobó el 16 de octubre de 2007, se iba a dormir el sueño de los justos por la oposición al mismo del partido al que pertenece el lehendakari.


El discurso de Ibarretxe tiene un problema de lógica argumental bastante irresoluble: cómo armonizar un discurso sobre nuestra portentosa capacidad de gestión y nuestros logros, que el gozo le revienta por las cinchas del caballo con el lamento permanente sobre la falta de autogobierno. O estamos en Viernes de Dolores o en Pascua de Resurrección, pero no se puede estar en los dos al mismo tiempo. Si hemos llegado a ser los mejores del mundo, una de dos: o tenemos autonomía o el mérito es de quien nos gobierna.


Está, sí, nuestra intrínseca superioridad sobre los vecinos, entregados a la cultura del pelotazo y al consumismo, su becerro de oro hasta la crisis, mientras nosotros íbamos a lo nuestro, bajando calladamente del Sinaí las tablas de nuestra Ley: “la competitividad, la productividad, la innovación, la educación y el equilibrio social”.


A diferencia de los españoles, nosotros “nos hemos fijado un objetivo como Pueblo: ser el referente de la innovación en Europa” y ya sabemos que tenemos un factor diferencial en lo que la propaganda institucional de principios de los años 90 llamaba “materia prima vasca”, o sea, el material humano. Ya nos lo había advertido Sabino en un memorable arrebato antropológico publicado en ‘Bizkaitarra’: “El bizkaino es nervudo y ágil; el español es flojo y torpe”, caprichos de la Naturaleza que raramente reparte sus dones de manera equitativa.


El discurso de Ibarretxe está alimentado por un permanente abuso del método intuitivo. El hombre deja caer como quien lava sentencias axiomáticas como: “hemos iniciado un camino irreversible hacia la paz. Un camino sin retorno” o “en el siglo XXI, las soluciones pasan por consultar a la ciudadanía. Quien prohíbe la participación ciudadana, niega la esencia de la democracia”. Tampoco rehuyó las analogías sinsorgas como: la Ley es una alambrada, el Tribunal Constitucional, a quien dicta las sentencias el presidente del Gobierno, es la España, una, grande y libre del franquismo. Tuvo algún arrebato lírico resuelto en metáforas menestrales, en plan “me niego a asumir que sea ETA quien decida encender o apagar el interruptor de la esperanza”, aportó una cita literaria irrelevante, si no directamente apócrifa: “decía Borjes (escrito así en la transcripción que se entregó a los medios) que no te critica quien te simplifica”, dicharachos como: “no divide quien consulta, sino quien prohíbe consultar” o un clásico de la paz cuya autoría se disputan él y el presidente del Gobierno: “la Paz no tiene precio político, pero la política puede y debe hacer mucho por la Paz.”


En su primera réplica fue duro con las espuelas, tierno con las espigas, como Ignacio Sánchez Mejías y tuvo sentidas palabras de afecto para los tres socios del tripartito que también sonaron a despedida, pero no sabemos si se marcha él o estaba despidiendo a los invitados. Más pistas, mañana, en la campa.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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