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El mito de Matthews

Santiago González

El 24 de febrero de 1957, un periodista estadounidense, llamado Herbert L. Matthews, publicó en el New York Times un reportaje en el que daba cuenta de que “Castro está aún vivo y combatiendo en las montañas”. Hacía tres meses que Fidel y los suyos habían zarpado de México en el Granma para alcanzar tierra cubana el 2 de diciembre anterior. Aquel día nació uno de los mitos mejor arraigados del siglo XX: el de la Revolución cubana.

Fidel se explicó ante Matthews en términos heroicos: “el pueblo cubano lo soporta todo menos la opresión”. ¿Qué otra cosa podría hacer el periodista sino rendirse? Y lo hizo voluptuosamente: “Su programa es vago, pero supone para Cuba una nueva política radical, democrática y, por tanto, anticomunista”. Lean este alarde de agudeza psicológica unida a una extraordinaria capacidad profética: “Tiene fuertes convicciones sobre la libertad, la democracia, la justicia social, la necesidad de reimplantar la Constitución, de celebrar elecciones.”

Yo fui un partidario de la Revolución cubana, leí de mozo cuanto se había publicado sobre la cuestión y me afirmé en la fe a machamartillo que sólo el catolicismo pretridentino y la izquierda española son capaces de poner al atornillarse a sus prejuicios. No fui tan perseverante como Carlos Alonso Zaldívar o Diego López Garrido. Un día te dejas sorprender por los hechos: miles de cubanos han asaltado un lugar en el que no caben. Entonces te preguntas cómo son posibles tantas prisas y apreturas para poder escapar del paraíso y aprovechas un viaje a La Habana para hacerte llevar al lugar de autos. La embajada de Perú, en la que se arracimaron más de 10.000 personas para huir de la opresión y el hambre, había cambiado de uso un par de veces para borrar pistas. Entonces se llamaba “Museo del Pueblo en Marcha Combatiente”. Todavía, asistí al día siguiente a unas jornadas de la Asociación de Periodistas Europeos, organizadas por Miguel Ángel Aguilar, para oír decir al actual secretario de Estado para la Unión Europea, Diego López Garrido: “Cuba es el último reducto de dignidad que queda en el mundo”.

Era imposible que la noche anterior, al volver de cenar o de un amable paseo con su mujer, López Garrido no hubiera tenido que abrirse paso a la entrada del hotel Cohiba entre un centenar de muchachas a la caza de turista y fula, pero esta es una de las asombrosas herencias de Matthews que superan al original. Si uno pregunta a nuestros izquierdistas dónde radica la dignidad, le explicarán con toda seriedad que con Batista, Cuba era el prostíbulo de EEUU.

Cuba ha sido este fin de semana el rompeolas de las dos Españas. “Cuba no está sola” decía la pancarta que IU y CCOO sacaron el sábado en apoyo de la dictadura en la plaza de Colón. “Cuba es y será ejemplo de libertad y dignidad”, gritaban tras las huellas de Matthews y López Garrido.

“Cuba, 50 años sin libertad” replicaba la de ayer en defensa de los cubanos, en la Puerta del Sol, apoyada por el PP, CiU, UPyD y UPN, así como colectivos de gays y lesbianas que conocen la geografía de la represión algo mejor que Pedro Zerolo y un Gobierno que ni sabe, ni contesta.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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