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Los límites del buenismo

Santiago González

Tras ser detenido en Sevilla, Miguel Carcaño declaró que después de matar a la joven Marta del Castillo recabó la ayuda de un hermanastro cuarentón y dos amigos, uno de ellos de 15 años, para que le ayudaran a deshacerse del cadáver en el río. Después se fue a Camas, donde vivía en el domicilio de su novia actual, Rocío, de 14 años, con los padres y la abuela de ésta.

Al día siguiente la novia comenzó a hacer bolos en la televisión asistida por su madre, para acabar declarando a la Policía que su chico había llegado con el pantalón manchado por la sangre de Marta, que su abuela se había encargado de lavar a la mañana siguiente. El tal Carcaño volvió a declarar el lunes para decir que no tiraron el cadáver al río, sino a un contenedor de basura y que fue su amigo Javier García Marín, ‘Cuco’, quien asestó el golpe a la joven. En este mes se han invertido ingentes recursos en rastrear los 80 kms. de Guadalquivir entre Sevilla y su desembocadura, el presidente del Gobierno y el principal dirigente de la oposición se han entrevistado y fotografiado con los padres de Marta, sin que sepamos aún si unos menores han podido tomar el pelo a la policía judicial y al mismo juez. La nueva versión apunta sospechosamente a una economía de las penas y puede que no tenga mucho futuro.

Qué asombroso el nivel de complicidad en torno al crimen, que ausencia de valores morales de una sociedad en la que tres generaciones de la familia política del presunto victimario, un hermanastro y dos amigos se aprestan al encubrimiento de un homicidio o asesinato, que la novia adolescente y su madre decidan sacarle unas perrillas a un relato sobre el tema en las televisiones de España.

Chicos que se mueven en las redes sociales de internet forman la generación tecnológicamente más capacitada de la historia y pueden ser perfectos analfabetos morales conectados en banda ancha y con voluntad de salir en la tele. Hace apenas un mes, una cadena expulsó a un concursante de ‘La vuelta al mundo en directo’, al descubrir que el 31 de julio de 1994 había matado a sus padres disparándoles 13 veces. Hace año y medio, una inmigrante rusa recibía en ‘El programa de Patricia’ una sorpresa: su ex pareja fue a pedirle perdón ante las cámaras y proponerle matrimonio. Ella lo rechazó con la audiencia por testigo. Cuatro días más tarde, el tipo, que había sido condenado dos semanas antes a prisión y años de alejamiento por malos tratos, se vengó de la humillación con una puñalada mortal en el cuello.

Las víctimas y sus verdugos hablan de sus cosas y ganan unos dineros en programas en directo, la Televisión compra toda la basura que es capaz de general el alma humana, porque esa miseria tiene público que es rentable en términos de share. Todo está a juego: puta la madre, puta la hija, puta la manta que las (nos) cobija. Con permiso de Mayakovski, la frágil barca del buenismo se estrella cada día contra la vida cotidiana, pero al público le parece que estamos ante formas de vida alternativas. Presidente, como diría el inolvidable Luis Ciges y con el debido respeto: esto es la descojonación.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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