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Soraya a La Moncloa

Santiago González

Zapatero debería invitar a Soraya a La Moncloa. Aunque haya quedado la penúltima. ¿Para qué? para regalarle el primero de los 420.000 ordenadores portátiles que piensa repartir entre tiernos escolares de diez años.
Cualquiera que la haya visto pensará que nuestra extremeña está muy crecida para quinto de primaria y tendrá razón, pero sería un gesto simbólico y en ese terreno todo es admisible, que los aspirantes a ganar la copa del Rey abronquen al donante y que esa joven tal lozana aún no haya llegado a la ESO.
La extremeña se ha alzado con el último lugar, exaequo con Finlandia, un país cuyo sistema educativo suele encabezar el ranking europeo en el Informe PISA. Hemos sido los últimos, pero junto a los primeros. No diré más. El que tenga ojos para ver, que vea, y el que tenga oídos para oír, que oiga. Los presupuestos están en marcha y no hay en ellos una partida prevista para 420.000 ordenadores, aunque Zapatero los quiere baratos, como los trajes de Camps, entre 200 y 300 euros la unidad. 
Luego está la conexión por banda ancha para 15.000 colegios a 30.000 euros cada una. Son 450 millones para gastar en una partida para la que Industria tiene presupuestados 7,5 millones para el bienio 2008-2009. Pero aún hay más: ¿qué pasa con la conexión por banda ancha de los escolares en sus casas?¿Cuánto cuestan 420.000 conexiones ADSL? Aquí no faltará quien diga que hay un porcentaje muy elevado de escolares con banda ancha en sus hogares, y es verdad, pero eso nos lleva a otra pregunta: ¿Por qué ha prometido el presidente regalar portátiles a escolares que ya tienen ADSL y, por tanto, acceso a un ordenador con conexión de banda ancha?¿Por qué este afán de aventar dinero público, especialmente en época de crisis? Si responde satisfactoriamente a estas preguntas sólo le falta solucionar nuestra primera carencia educativa: definir un Plan de Enseñanza con el que los escolares puedan sacar provecho de la quincalla electrónica que piensa regalarles.
Era por una buena causa, para demostrar que él se preocupa más que la oposición, la lágrima socialdemócrata. Lo mismo pasó con las medidas para impulsar la industria del automóvil: se puso a tirar del carro antes de negociar el asunto con quienes tenían que arrimar el hombro en las tres cuartas partes del proyecto: el sector y las CCAA. No le sale, claro.
Tampoco acertó en sus medidas para dar salida a los pisos invendidos, al dar un ultimátum a la tropa para desgravar. Se le ha rebotado el 80% de la peña en las encuestas, por mucho que el CIS las haga los domingos en las casas del pueblo a la hora del vermú.
Lo malo es que a éstas y a algunas otras inanidades que su partido va a dejar en cuarto y mitad para negociarlas para mañana con la oposición, esa España plural y diversa, les ha bautizado como “cambio del modelo productivo”. Estaba escrito, con perdón: sus propuestas, alegres como fuegos artificiales, sólo dejan tras de sí oscuridad y olor a pólvora. Urgen acuerdos de Estado. Con el principal partido de la oposición, por supuesto, pero no estaría de más que se pusiera de acuerdo previamente con los suyos. Los experimentos, con gaseosa.
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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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