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Portavoces auxiliares

Santiago González

Extraño país el nuestro. El presidente se ocupa y se preocupa de la Presidencia de turno de la Unión Europea que va a desempeñar a partir de enero y no está para nada que no sean estos seis meses de conjunción planetaria.

Es el caso que el secuestro del ‘Alakrana’ está en manos de segundones y la consecuencia más visible es que una cuadrilla de salteadores, desharrapados y empapados en ‘quat’, la droga más corriente en el cuerno de Africa, tiene en jaque a un Estado moderno y revela una estrategia de comunicación mucho más eficaz que la del Gobierno de España.

De momento, han convertido a los secuestrados en portavoces de su causa y a las familias de los tripulantes, a los ayuntamientos en los que viven, a una buena parte de la prensa y de la opinión pública y al mismísimo lehendakari en altavoces de sus posiciones.

La razonable opinión del Gobierno de que era una estrategia para encarecer el rescate, no ha sido atendida ni por Patxi López, que es de los suyos. Y sin embargo, la devolución de los tres secuestrados de tierra al atunero parece confirmar la versión gubernamental. En todo este concierto de exigencias para que los piratas sean “devueltos a su país o a Kenia”, sólo se salva la posición de los familiares por el estado de necesidad que les aflige. El Estado no puede acogerse a ese supuesto porque unos piratas hayan secuestrado un barco, una organización terrorista realice atentados o unos delincuentes perpetren un atraco con rehenes.

El problema creado por la impaciencia de Garzón, normal, las prisas, es que la Audiencia Nacional ha empezado a ejercer su competencia sobre el caso y es bastante improbarle que se pueda desandar lo andado. Es muy difícil que los dos piratas sean puestos en libertad sin cargos, salvo que: a) prevarique un juez, b) lo haga un fiscal para evitarle el trago. Táchese lo que no proceda.

Cabe la posibilidad de que la Audiencia Nacional acepte una declinatoria a favor de Kenia, argumentando, por ejemplo, que los derechos humanos de los presuntos estarán más seguros allí que aquí, lo cual sería no ya humillante, sino sencillamente increíble, después de los congresos de osteólogos que hemos organizado para estudiar la edad del piratilla.

Tal vez conviniera que el presidente baje de sus altas cavilaciones europeas. Debería llamar al lehendakari, para recordarle cómo debe funcionar la Justicia en un Estado de Derecho. Luego dirigirse a la oposición para pedir ayuda. No parece que las regañinas de la viceprimera, esa señora Danvers del Manderley monclovita, sean maneras. Una referencia: el PSOE no fue un modelo de colaboración con el Gobierno entre el 11 y el 14-M. Pero aquello fue un error de Aznar. Llamar a la oposición y convocar un gabinete de crisis era responsabilidad del presidente. ¿Por qué iba la oposición a arrimar un hombro que nadie le había pedido?

Los dos partidos, 323 escaños sobre 350, deberían recordar a los medios, ah, los medios, una regla de oro: jamás deben difundirse las exigencias o amenazas de unos secuestradores, aunque el portavoz de las mismas sea el patrón del barco capturado. En esto tiene toda la razón la ministra de Defensa.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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