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Los obispos y los españoles

Santiago González

El Vaticano colocó hace unos años al obispo de Palencia, “un tal Blázquez” en la diócesis de Bilbao: Ahora acaba de repetir la jugada con un tal Munilla para la de San Sebastián. Donostiarra, criado en Aizarnazabal, cura en Zumarraga durante veinte años y euskaldun. ¿Loro viejo no aprende a hablar? Pues tomad dos tazas.

La tertulia dominical de la SER abrió el asunto con un ‘corte’ de Egibar que pareció a todos la mar de divertido: “más a la derecha de Munilla sólo está la pared”. Una contertulia nacionalista, mujer por lo demás instruida, corroboró: “lo que ha ganado (con este obispo) es el integrismo religioso de cuando Tarancón”, quizá pensando en Marcelo González Martín (otro de Palencia) o Guerra Campos, quizá porque no sabe atribuir correctamente a sus autores el grito “Tarancón al paredón” . Los hechos como si fueran opiniones, que escribió Hannah Arendt. Remató con una prueba adicional: la única que lo había felicitado fue la presidenta del Parlamento vasco “que es cercana al Opus”. El nacionalismo vasco no es vaticanista, como dijo Prieto. Está en guerra con la Santa Sede, porque ésta no le concede el privilegio franquista de presentar la terna.

También el progresismo está arrebatado con la jerarquía eclesiástica por querer excomulgar a los diputados que voten ‘sí’ a la Ley del Aborto. Uno respeta que los obispos regulen el derecho de admisión, aunque le parece exagerado que un asesino múltiple pueda encontrar el perdón de la Iglesia mediante el sacramento de la penitencia y un diputado que vote a favor de la Ley ‘No se lo diremos a papá’ sea irremisiblemente apartado del banquete celestial. Lo que no entiende es que tanto ateo esté escribiendo columnas furibundas contra la excomunión, en lugar de decirle a Martínez Camino: “no hace falta que se tome la molestia, monseñor. Ya me excomulgué yo mismo hace la tira”, o, alternativamente, “yo también he abortado”, que era eslogan de la izquierda hace 30 años.

Los ateos de ahora temen la excomunión y los familiares de los condenados en el franquismo quieren declarar nulos los juicios. Uno tiene entre sus amigos a un superviviente de la pena de muerte impuesta dos veces por un consejo de guerra y no se imagina a Teo Uriarte reivindicando la anulación del Sumarísimo 31/69. Hay condenas que infaman a un régimen, al tribunal y al verdugo, no al reo; un suponer, Julián Grimau. “Un bel morir tutta una vita onora”, escribió Petrarca.

Las huellas de los disparos de Tejero en el techo del Congreso son una hermosa cicatriz en la piel de la democracia. Esperemos que ningún gilipollas se le ocurra revocarlas en aplicación de la memoria histórica.

Sólo los pueblos creyentes blasfeman. Este anticlericalismo nacional-progresista es la confirmación de la sentencia del maestro Camba: “la cocina española está demasiado influida por el ajo y por las preocupaciones religiosas.” El español, vasco incluido, es un pueblo que marcha detrás de un crucifijo, ya sea en procesión, ya para tirarlo al agua, tal como resumía la vieja sentencia popular: “No he visto gente tan bruta/como la gente de Alcocer/que echaron el Cristo al río/ porque no quiso llover.”

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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