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De crucifijos y velos

Santiago González

Ya ni siquiera las fobias compartidas son capaces de crear alianzas duraderas. Ayer, después de atizar por cuarta o quinta vez la estrategia “vamos a mosquear un poco a los obispos”, con el anuncio de retirar el crucifijo de las aulas, saltó la chispa entre el PSOE y sus socios republicanos. Sostiene el partido del Gobierno que ya se verá a qué colegios afecta la medida. Replica Tardá que a todos, empezando por los públicos. El diputado d’Esquerra, carn d’olla para una escudella sostenible, debería saber que la Constitución garantiza la libertad religiosa (art. 16.1). A cualquier confesión pueden negársele las subvenciones, pero no el derecho a crear escuelas y colocar en sus aulas cruces o medias lunas.

Lo que distingue a los países con implantación del cristianismo de los países musulmanes es que los primeros son compatibles con la democracia, mientras en los segundos predomina la teocracia, y el pecado se confunde de manera natural con el delito. En los primeros es posible el laicismo, que considera la religión como una cuestión particular. La no delimitación de los espacios público y privado es siempre condición necesaria para la corrupción y/o el totalitarismo.

Aceptemos pues la desaparición del crucifijo del espacio público en nombre del laicismo, pero la misma lógica impide admitir la exhibición de símbolos islamistas por la puerta trasera de la multiculturalidad. El laicismo, tal como se practica en Francia.

Uno de estos multiculturales sostenía por escrito que el crucifijo es asunto público, mientras el velo de las musulmanas es privado. Es evidente que no: todavía no hace un mes que dos buenos creyentes marroquíes apalearon en Socuéllamos hasta provocarle un aborto a una marroquí por no llevar el velo que pregona su fe en el espacio público. ¿Cómo puede ser privado un símbolo cuya función es dar testimonio de la fe y evitar que a las hijas y esposas de los creyentes se las confunda “con esclavas o con mujeres de costumbres libres”, según le dijo Omar a su cuñado Mahoma, el Profeta? Ah, las mujeres de costumbres libres. ¿Qué tendrá que decir de esto la ministra de Igualdad?

En la cruzada contra el crucifijo, elocuente oxímoron, está la verdad última de este laicismo asimétrico que campa por la España diversa. El éxito de público de las campañas contra la religión católica se debe a que sus impulsores piensan que “la nuestra es la única verdadera”. La blasfemia es patrimonio expresivo de los pueblos muy creyentes. “Gracias a Dios soy ateo”, que dijo Buñuel con su sorna característica.

Los colegios no podrán exhibir cruces en sus aulas, pero las alumnas musulmanas podrán lucir el velo islámico y en el comedor tendrán un menú alternativo, libre de alimentos impuros, como si en vez de creencias religiosas padecieran intolerancia al gluten. Y en los comedores de beneficencia, lo mismo.

Qué antiguo suena todo esto. Quevedo, que tenía muy mala follá, acusaba a Góngora de converso, proponiéndole la prueba de la dieta: “Yo te untaré mis obras con tocino,/ porque no me las muerdas, Gongorilla,/ perro de los ingenios de Castilla”. Qué razón tenía Julio Camba al escribir que “la cocina española está llena de ajo y de preocupaciones religiosas”. Y no digamos la política.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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