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Como un solo hombr@

Santiago González

Fue una jornada muy dura para Zapatero, que al fin tuvo una agenda a la altura de un presidente europeo: la hora del desayuno con el Papa, la del aperitivo, con Berlusconi; la de la merienda en el Congreso y cena en La Moncloa con el viceprimer ministro del Reino Unido, Nick Clegg. Tómense las referencias en sentido orientativo. En rigor, ni el Papa le invitó a desayunar, ni Berlusconi al vermú, ni en el Congreso hubo alimento más sólido que las palabras. Lo único real fue la cena; menos mal que los ingleses cenan pronto.

La agenda, ya digo, estaba llena de actividad internacional, pero el acto más importante fue doméstico. Se cumplía ayer un siglo del día en que Pablo Iglesias se convirtió en el primer y único diputado socialista en el Congreso y para celebrarlo, el PSOE parafraseó una canción de fines de los setenta: ‘Vamos a tocar un rock and roll a la casa del pueblo’. La letra de ‘Tequila’ decía “a la plaza del pueblo”, pero a ningún edificio le cuadra más el nombre de casa del pueblo que al Congreso de los Diputados.

Había expectación por escudriñar signos de disenso en la vieja guardia felipista que tanto ‘off the record’ proporciona, amparada quizá por un exagerado paralelismo con el senado de Roma en los idus de marzo del año 44 a. de C. Aquí, César era el joven que añoraba la República y hablaba frente a los cadáveres de sus Bruto, Casio, Casca y los demás, que ocupaban la primera fila. A su lado, Felipe González hacía el papel de la estatua de Pompeyo.

Ganó el patriotismo de partido y el viejo líder cerró filas junto al joven en apuros. Él sólo se distancia cuando las cosas van bien pero “cuando el partido está en dificultades porque el país está en dificultades: militancia pura y dura”. Apoyo total en declaraciones abstractas y críticas a cuestiones concretas: animó a combatir la depre colectiva, a explicarse, a trabajar más y mejor, a vincular la productividad y el salario; a reivindicar el trabajo bien hecho, la calidad y la excelencia como virtudes socialdemócratas.

“De depre, nada”, corrigió Zapatero y a partir de ahí enhebró un discurso con más violines de los que nunca tuvo la Orquesta Mantovani. Fue una muestra de autosatisfacción y presentismo: estamos haciendo lo contrario de lo que hicimos y dijimos y eso demuestra lo extraordinarios que somos por hacer las cosas que debemos aunque no nos gusten. ¿Quiere esto decir que nos hemos equivocado en lo que hacíamos y decíamos? Para nada, porque hacíamos y decíamos también entonces lo mejor para España. No como otros.

Contó que tras ganar él mismo en junio de 1986 su acta de diputado por primera vez (como en 1910 lo hiciera Pablo Iglesias, no sé si pillan) vivió una anécdota que consideró muy representativa del sentido de responsabilidad de los diputados socialistas: al votar la investidura de Felipe González, su compañero de escaño había recortado medio folio en el que había escrito “SÍ”, para no correr el riesgo de equivocarse en la votación. No sé ustedes, pero a mí me toca hacer equipo con alguien así y en lugar de pensar: “mírale qué listo y precavido”, habría recurrido al magisterio del conde de Romanones para exclamar: “¡joder, qué tropa!”

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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