Bodas de sangre y platino

Santiago González

España es un país extraordinario. Conmemorábamos el lunes tres cuartos de siglo del comienzo de aquella rebatiña de sangre que conocemos como ‘guerra civil española’. Hoy, el Congreso de los Diputados se ha entretenido rechazando una proposición del BNG para revisar la Ley de Amnistía El diputado Jorquera es uno de los españoles, con perdón, que considera que dicha Ley ha permitido la impunidad de los crímenes franquistas y que se debe reparación a las víctimas de la dictadura. Como escribió Hannah Arendt, los hechos tratados como opiniones una vez más.

La guerra civil como un tabú sobre el que no se podía hablar, no se podía escribir y sobre lo que falta conocimiento. Es el antifranquismo sobrevenido, la necesidad de ganar la guerra retroactivamente lo que nos lleva a definir como memoria el mal de Alzheimer. Cualquiera que tenga edad y haya tenido curiosidad, recordará que hace 25 años, al cumplirse las ‘bodas de oro’, hubo un esfuerzo editorial importante, se crearon editoriales específicas, hubo dos grandes series de televisión, una de la BBC y otra coordinada por Tuñón de Lara y salieron a los kioskos ediciones facsímiles de los periódicos de las dos Españas.

Hay gente que habla de lo que no conoció. Tenemos un presidente que ha contado su afiliación al PSOE de León en febrero de 1979, tres meses después de la aprobación de la Constitución, como si fuera la gesta de Galán y García Hernández. Nada de esto es cierto. El historiador Juan Pablo Fusi contó que en los 20 años siguientes a la muerte de Franco se publicaron en España 16.000 títulos sobre el franquismo y la guerra civil. Y en los diez años siguientes, otros 3.000 más.

Ya antes de la Ley de Memoria Histórica, la España constitucional, la constituyente y aun la transitiva que gobernó Suárez se habían mostrado sensibles a la hora de reconocer y reparar a 574.000 víctimas del franquismo, a las que había concedido indemnizaciones y pensiones por valor de 16.356 millones de euros, según informe del Gobierno enviado al Congreso en julio de 2006. Si el diputado Jorquera se esmera un poco podría encontrarlo. El diputado Llamazares, único apoyo del anterior, podría aplicarse también un poco y leerse el discurso que su correligionario Marcelino Camacho pronunció en el Congreso el 14 de octubre de 1977 como portavoz del Grupo Comunista y en el que reivindicó para su partido la paternidad de la amnistía, como la plasmación natural de la Política de Reconciliación Nacional, aprobada por el Comité Central en junio de 1956. Tal vez también podría leerse este documento, quizá alguien de su partido podría facilitárselo.

En todo caso, ayer fue un día especial en el que hubo un nivel de acuerdo que no se había conocido en los siete años anteriores. Setenta y cinco años es un tiempo más que suficiente para mirar la fosas como tumbas, no como trincheras.

La sesión se cerró con una intervención impecable, emotiva, del presidente del Congreso, consistente estrictamente en el párrafo final del discurso de Azaña en el balcón del Ayuntamiento de Barcelona en 1938, pidiendo a los españoles que si en el futuro volvía a calentárseles la cabeza pensaran en los muertos y escucharan su lección: “la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, piedad, y perdón”.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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