Duelo de titanes

Santiago González

El espíritu del diálogo que mantuvieron ayer Montoro y Rubalcaba en el pleno del Congreso animaba una tira del gran Quino, en la que Mafalda asiste al arrebato de indignación que provoca en un anciano el paso de un joven melenudo y barbado, con atuendo hippie, que le hace exclamar: «Esto es el acabose», a lo que Mafalda replica: «No exagere, sólo es continuose del empezose de ustedes».
En la discusión que mantuvieron los dos tenían razones, aunque ninguno de los dos tuviera la razón. Montoro es correoso, pero no tiene una voz arrebatadora y el papel que le correspondía en el pleno de ayer era el de villano, con todos los grupos (salvo los dos diputados de UPN y el FAC) presentando sus enmiendas a la totalidad de unos presupuestos que serán ley cuando ya haya transcurrido una tercera parte del ejercicio al que corresponden.
El tipo menos adecuado para reprocharle al Gobierno el retraso por razones electorales era Rubalcaba. Bueno, sí, el presidente del Gobierno anterior, ya definitivamente un holograma, una cara de Bélmez, en el techo del Hemiciclo. Hubo razones electorales para darlos a conocer cinco días después de las andaluzas. Fue el continuose del empezóse: José Luis debió dejar hecha la tarea al Gobierno que le relevó el 20 de diciembre. Naturalmente, tal como estaba el tema, los salientes debieron pactarlos con los entrantes, que iban a ser los encargados de aplicarlos.
No fue el debate más memorable que guarda el diario de sesiones del Congreso. Ni Rubalcaba era Azaña, ni Montoro, Ortega y Gasset, para qué vamos a engañarnos. Rubalcaba es un dialéctico habilidoso. «Tiene mucha labia», se dice desde hace tiempo en su partido, expone con habilidad y sin dejarse constreñir por los hechos. Y tiene mañas. Lo que más sobresale en Alfredo Pérez Rubalcaba es ciertamente el lenguaje no verbal, esas manos que mueve vertiginosas sobre el atril de los oradores, en un gesto que recuerda en parte al legendario show de José Mota y también el virtuosismo del artista callejero en el manejo de los triles.
Últimamente también se está trabajando mucho el lenguaje verbal, propiamente dicho. No las palabras, no la sintaxis, ni la calidad de los sofismas, que son las de siempre. Es la oratoria. Rubalcaba ha desarrollado desde hace algún tiempo un tartamudeo ensayado que humaniza su discurso, le despoja de arrogancia y le dota de esos recursos alternativos de los que tratan de ligar sin haber nacido guapos. No les queda más remedio que imitar a Woody Allen: «Yo-yo ya-ya entiendo que el se-se- ñor Rajoy…», al tiempo que baja la cabeza, parpadea con modestia, enarca las cejas y se estira la manga izquierda de la camisa, como si quisiera cubrirse el reloj. Luego está la desenvoltura: «Lo-lo que más agradecen los me-mercados es la sinceridad, sí-sí, decir la verdad». Así lo dijo. Lástima que sólo el Gobierno dijera bien la cifra.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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