Jornada de lucha

Santiago González

La jornada de lucha que para ayer había convocado el Sindicato de Estudiantes tuvo seguimiento desigual, pero notoriamente escaso en Madrid y Barcelona. A pesar de la abundancia de convocantes –además del citado sindicato, apoyaban la movilización la Ceapa y los sindicatos de enseñanza de CCOO, UGT y STES, así como varias asociaciones universitarias–, apenas acudieron 300 estudiantes a la concentración de Madrid.
La número dos del Sindicato explicó el fiasco con dos razones contradictorias: la primera, que la gente suele llegar tarde, explicación inadecuada para el sector más consciente de la juventud mejor formada de la Historia, como solía repetir con delectación el anterior presidente del Gobierno. La portavoz explicó que, además, es época de exámenes, lo que ha sido astutamente aprovechado por el Ministerio para presentar reformas, subir tasas y recortes. Hay más sentido de la responsabilidad en la juventud de lo que podríamos pensar, y esto no es de ahora. En los años 60, ETA planteó atracar a un cobrador del Banco Guipuzcoano y el jefe militar de los comandos especiales, llamado El Cabra, alegó que no podían hacerlo, salvo que fuera el jueves por la tarde o el sábado, «porque los chavales tienen clase». Salvando todas las distancias, naturalmente. Nada más lejano a mi intención que criminalizar por comparación inadecuada a nuestros estudiantes. «Quieren criminalizar a los repetidores», decían los estudiantes de la UPV para protestar contra la subida de las tasas en sucesivas convocatorias.
La cantidad de dinero que se destina a Educación nada nos dice de la eficiencia del sistema educativo. Michael Lewis cuenta que en Grecia el ratio profesor/alumno es cuatro veces superior al de Finlandia, pero todo padre griego que envía a sus hijos a la escuela pública da por sentado que deberá contratar profesores particulares si quiere que sus hijos aprendan algo. Los recursos dedicados a la educación son una variable que influye en la calidad del sistema, pero no es la única, y probablemente en España no sea la más importante. De otra manera, no se explica que los colegios concertados tengan menor coste por alumno que los públicos.
O sea, que la calidad de la enseñanza va a depender de la reforma educativa, propiamente dicha, y de recuperar la excelencia para la escuela y la universidad. Se trata de llevar a los mejores estudiantes a la universidad, no de crear una en cada localidad mayor de 50.000 habitantes. Los universitarios españoles, como los de cualquier otro país europeo, proceden mayoritariamente de la clase media alta. El fracaso y el abandono del 30% de los escolares, muy principalmente en las familias modestas, es un filtro que contribuye al desequilibrio social. Así las cosas, la subvención por parte del Estado de un 80% del coste de las matrículas no es sino una transferencia perversa de renta hacia el sector de población que tiene mayores ingresos. Una subvención a los ricos, por decirlo con el lenguaje que echamos de menos en el legendario Pepe Blanco.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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