Intelectuales checoeslovacos

En el mortecino crepúsculo de las libertades catalanas, y contra pronóstico, ha aparecido un lucero. Se llama Miguel García del Valle y es el presidente del Centre d’Esports L’Hospitalet, que juega en la 2ª División B de la Liga Española, dicho sea sin afán de señalar. Bueno, no, dicho sea con ánimo de señalar, pero sin recochineo. O puede que con un poquito, pero es que estas cosas le ponen la pluma cachonda a cualquiera.

Mas fue a ver al presidente del Gobierno el mes pasado y, según contó el anfitrión hace tres días en el Senado, el visitante rechazó su oferta de hablar sobre la financiación: «Me dijo que no y que eso traería consecuencias». No está bien dirigirse a un presidente con aire de perdonavidas. Tampoco que un presidente aguante en su despacho a ningún visitante borde. Ni que conviva con el desplante un mes entero. Tengo ya contado que Aznar resolvió con mucha sencillez una inconveniencia no tan obvia de Ibarretxe: «Muy bien, pues ya hemos terminado la conversación».

Artur Mas ha negado la versión de Rajoy, pero no ha opuesto ninguna otra; sólo una tópica descalificación. «Excusas de mal pagador», dice el mismo tipo que promete a los jubilados catalanes pensiones más altas que las españolas, mientras tenía a las farmacias de Cataluña en huelga porque no les pagaba las facturas de julio y agosto. Tiene pelotas, Carlota: qué alteridad la del honorable, qué impresionante uniformidad de la sociedad catalana en torno a su delirio.

Félix de Azúa describía la improbabilidad de un balido disidente en el gran rebaño que apacienta y subvenciona Artur Mas entre el silencio generalizado de la mayoría, unas gentes «que parecen intelectuales checoeslovacos un mes antes de los tanques». Ésa es la causa de mi admiración por el presidente de L’Hospitalet. Impecable su acusación a Mas de «subirse al tren del independentismo para seguir gobernando», y rechazar «a quienes provocan una deriva nacionalista mezquina con el dinero de todos, una ruptura social en Cataluña, un enfrentamiento contra los que nos sentimos a la vez españoles y catalanes, una fractura que nunca había existido».

Él ha sido el único presidente de un club catalán –uno entre 12– que ha tenido arrestos para oponerse a Mas, cuando, no ya el Barça, ¡el Espanyol! quiere liberarse del yugo y reclama selecciones propias. Como los miembros de la RAE (Real Academia Española) o jugadores de la Selección Española de Fútbol que no saben/no contestan si quieren seguir siendo españoles o no. Ninguno de ellos se plantará y dejará su sillón en la RAE o su puesto en La Roja por algo parecido a la incompatibilidad moral. No habrá nadie tan fiel a sus prejuicios como Javier Marías, que rechazó ayer el Premio Nacional de Narrativa. A los nacionalistas catalanes les cuadra el diagnóstico que Gabriel Moral Zabala realizó de los vascos hace ya muchos años: «No es que no quieran ser españoles; lo que quieren es ser españoles de primera».

Los entusiastas seguidores de Mas no lo sospechan todavía, pero ya se les está poniendo cara de preboticarios.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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