Sin puntos muertos

El nacionalismo pregobernante ha vuelto a hacer a los socialistas vascos una oferta que no podrán rechazar. Nadie puede acusar al PNV de haber saltado por encima de su programa electoral, seis páginas de autogobierno y soberanía. Entre ellas esta perla en la página 260: «Tal y como recogían las Bases del que pudo haber sido Acuerdo de Loiola, necesitamos un acuerdo incluyente entre las diferentes sensibilidades políticas del país…».

Extraordinario, porque el partido-guía, más que nunca, de este pueblo, tuvo una intervención notable en Loyola. Recordarán los más viejos del lugar hasta qué extremos llegó la crecida del acuerdo en aquellas reuniones, la multiplicación de las mesas, la creación de un órgano interinstitucional para incorporar a Navarra a la Comunidad vasca. No hubo mayores problemas para que los reunidos en Loyola, PNV, PSE- PSOE y Batasuna se pusieran de acuerdo sobre el asunto. Cuando Otegi, una versión posmoderna y euskaldun de Leo Colston, el mensajero en aquella película de Losey, fue a llevar la buena nueva a su mandante, a ETA no le pareció suficiente; quería el compromiso de todos los presentes de votar por una comunidad autónoma única en un plazo de dos años. Fue el entonces presidente del EBB, Josu Jon Imaz, el más rotundo opositor a la condición añadida por la banda terrorista. Puede decirse que entonces nos salvaron del desastre el maximalismo etarra y la prudencia de Imaz.

Pero la memoria del PNV es caprichosa y seis años más tarde de aquel fiasco, convierte el fracaso en ocasión perdida: «El que pudo haber sido Acuerdo de Loiola (y evidentemente no fue)». Txiki Benegas ha sido emplazado varios centenares de veces a ser consecuente con sus posiciones de 1978, año en el que una foto lo sitúa agarrado a una pancarta que reivindicaba la autodeterminación.

El PNV, como el nacionalismo vasco en general, ignora en qué consiste una negociación y considera que lo que la otra parte de la mesa estuvo dispuesta a ceder en un momento, es una posición conquistada para siempre, incluso si se rompen las negociaciones. Nunca hay puntos muertos para ellos. Poco importa que Txusito sea un dirigente descatalogado, que el PSE no tenga un plan Zapatero que defender y haya perdido el gobierno, que ETA rompiera aquella negociación y que el propio Josu Jon Imaz la detestara con mucha lucidez. Ahora convenía rescatarla en el punto de ruptura y así se ha hecho.

Vuelven a Loyola y al proyecto de Ibarretxe, dos grandes fracasos, como podrían haber vuelto a la segunda guerra carlista, mientras desprecian el único camino que ofrecía un cauce ancho, por decirlo con palabras del lehendakari en funciones, Patxi López: el Estatuto de Autonomía que acaba de cumplir los 33. En su día, tal como señaló Unzueta, no fue la bisectriz entre los nacionalistas y quienes no lo eran; quedó mucho más cerca de los primeros. La sociedad vasca fue y generosa con el sector nacionalista de la misma, que no ha estado a la altura desde entonces. En su programa electoral ya adelantaban la vuelta de la burra al prado de Ibarretxe: derecho a decidir, consulta y demás. Y la sorprendente decisión del próximo lehendakari: «No entrar sobre cuestiones como el carácter vinculante o no de una consulta (…) o la titularidad de la competencia para convocar refrendos». «La democracia consiste en hacer precisamente lo que está permitido por las leyes», escribió Montesquieu, un don nadie. Ni siquiera llegó a lehendakari, no les digo más.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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Una respuesta a Sin puntos muertos

  1. alex dijo:

    Joseba Arregi y Josu Jon Imaz, son dos personas que teniendo su origen político en el nacionalismo vasco, supieron en todo momento defender un modelo cívico, que les hizo poner por delante una sociedad vasca de ciudadanos a un modelo nacionalista identitario. Por eso ambos abandonaron la política. En Loyola, Imaz tuvo una lealtad absoluta con el Estado que nos salvó de la catástrofe, y fue el freno no sólo de Batasuna y ETA, sino lo que es más sorprendente, del PSE. Me alegro que hoy Santiago González lo reconozca.

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