¡Oído cocina!

Entre todas las encuestas realizadas sobre la intención de voto de los catalanes sólo una otorga a CiU la mayoría absoluta. La del CIS lo sitúa a cuatro o cinco escaños de los 68. En cambio, al Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat le sobran entre uno y tres. No es que el CIS pueda mostrar en los últimos años una precisión extraordinaria. Recordemos un par de sondeos gloriosos. La encuesta atribuía a Beiras un escaño con un porcentaje de 4,6 puntos y las urnas le atribuyeron 9 el pasado 21-O, con el 14% de los votos.
En febrero de 2011, Artur Mas puso al frente del Centre d’Estudis d’Opinió a Jordi Argelaguet, un voluntarioso militante del Moviment de Defensa de la Terra, brazo político de Terra Lliure, que desembocó después en ERC, partido que abandonó en 2003 por formar el tripartito con el PSC e ICV. En 2006 se afilió a CDC. Hace un año, el director de La Vanguardia rompió ante las cámaras de TV3 un papel con los resultados de una encuesta del CEO porque consideraba exagerados los datos que el pucherito de Argelaguet daba sobre el independentismo, mientras se quejaba sobre «la cuina [cocina]» de la encuesta. No diré Mas, pero Antich ya debería saber para entonces que desde que Ferran Adrià refundó la cocina catalana, lo que te sirven en el plato rara vez guarda un remoto parecido con el aspecto de las materias primas, los hechos, la realidad.
Paul A. Baran y Paul M. Sweezy, dos vistosas expresiones del marxismo estadounidense, descalificaban hace medio siglo la neutralidad de las ciencias sociales: «Quien paga al gaitero pide la tonada, y todo mundo sabe quiénes son los que pagan y qué tonadas prefieren». Mucho más en territorios que tienen a los gaiteros tan bien estabulados.
El aparato de Mas (el estadístico, se entiende) es el espejo de la madrastra de Blancanieves, que le repone de los disgustos que se lleva cada vez que se asoma al exterior, últimamente Moscú -donde le faltó expresar su solidaridad con el hermano pueblo checheno- y Bruselas.
Este viaje a ninguna parte sigue escrupulosamente los pasos de Ibarretxe, que el 22 de noviembre de 2002 fue a Oxford a explicar en un inglés ininteligible a un auditorio todo claque que la dictadura de Franco duró hasta 1979. Diez días después, los Servicios de Prospecciones Sociológicas de Lehendakaritza -el CEO vasco- publicaban una encuesta telefónica hecha con 409 llamadas a pequeños empresarios receptores de subvenciones. Los empresarios vascos de Ibarretxe eran más partidarios de la autodeterminación que sus conciudadanos, tenían un perfil más identitario, querían un marco propio de relaciones laborales y eran partidarios de la autogestión.
A mediados de los años 70 del siglo pasado, tras la vuelta de Juan Domingo Perón a Argentina desde su largo exilio madrileño, se contaba en Buenos Aires un chiste en el que se retrataba la actitud de Héctor Cámpora, que le había guardado la silla con admirable fidelidad. «Camporita, ché, ¿qué hora tenés?», preguntaba el viejo dictador, a lo que el interpelado respondía como si fuera el CEO: «La que vos querás, mi general».

Anuncios

Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s