Una españolada

Berlanga y Azcona ya lo vieron en La escopeta nacional: una partida de caza y tráfico de influencias. Recuerden al gran Jaume Canivell, pagano de una cacería para llevar sus porteros automáticos a un Consejo de Ministros por medio de algunos ilustres invitados. Como la realidad siempre imita al arte, el caso Gürtel empezó a tomar cuerpo en una cacería en la que participaban el entonces juez Garzón, el ministro de Justicia, el comisario jefe de la Policía Judicial y una fiscal que estaba a título particular.

Era el 6 de febrero de 2009 y aquella mañana el juez había puesto a macerar hasta el lunes a Correa, Pérez y Crespo, con una orden de prisión.

Les supongo informados de que un presunto delincuente, Diego Torres, ex socio de otro presunto delincuente que resulta ser yerno del mismísimo Rey de España, lleva tiempo haciendo saber que dispone de munición de gran calibre y que va a dispararla poco a poco, a medida de sus necesidades, como de hecho ha venido haciendo mediante una conveniente selección de los correos electrónicos de Corinna, la amiga del Rey, para implicar al Jefe del Estado en las presuntas trapacerías de su yerno. ¡Cómo discutirle acierto al gran Peñafiel en su prevención contra las relaciones morganáticas!

Hay más condiciones necesarias: la predisposición del buen pueblo español a creer a un Torres cualquiera cuando dice que el Rey estaba en el ajo, liliácea de mucho uso en la cocina española. Más que al propio Rey. También resulta poco comprensible que el juez Castro no sea capaz de garantizar que un imputado maneje con prodigalidad material sensible. En cualquier país civilizado sería imposible un chantaje de esta naturaleza.

Las declaraciones de Corinna zu Sayn Wittgenstein plantean una visión alternativa del asunto: ella quería ofrecer a Iñaki Urdangarin «un trabajo digno», como si haber emparentado con el Rey de España fuera una ocupación menor. Él tendría que ser ojeador y captador de patrocinios. Urdangarin, vasco nacionalista por parte de padre y belga por parte de madre, fue muy español y rechazó la oferta, al menos hasta que dejara su puesto de vicepresidente del Comité Olímpico Español. Después ya veremos de qué manera.

Éste es el asunto de fondo, que ser yerno del Rey haya convertido a Urdangarin en un mirlo blanco para estimular el espíritu donante de grandes empresas. La moral protestante aborda estos asuntos sin hipocresías, pero lo nuestro es otra historia. A escala muy elemental, algo de esto hubo en el caso Juan Guerra.

Un socialista decente y con responsabilidades se negaba a creer que Alfonso pudiera estar enterado de aquello. El problema estaba en los valores entendidos, en que cuando el hermano Juan ocupó un despacho en la Delegación del Gobierno en Sevilla, aquel delegado del Gobierno no lo pusiera de patitas en la calle, y ni siquiera se creyera obligado a llamar al vicepresidente para comunicarle aquella anomalía.

Es la misma escopeta nacional, aunque ahora tenga más alcance y más calibre: una españolada.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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