Un defecto ajeno

La responsabilidad política es en España un defecto ajeno, una reclamación que hacer a otros. Un suponer, en la política española hay 23 cargos públicos imputados por casos de corrupción en nueve comunidades autónomas, con Valencia en posición de indiscutible liderazgo. Por partidos, son cinco los que tienen cargos imputados, con el PP en plan campeón destacado, si bien el PSOE le aventaja en número de condenas. Todos están de acuerdo en la actitud con la que deberían afrontarla sus adversarios: la dimisión.

Hace unos días, la vicesecretaria general del PSOE alertaba a la oposición interna, la oposición de la oposición, hermoso pleonasmo, a que no moleste ahora. Si no fuera por su coherencia laica, Valenciano podría haber tirado de Eclesiastés y haberle recordado a Chacón que hay un tiempo para amar, etcétera, que en este tiempo en que florecen los frutales, madura el caso Bárcenas y es a lo que hay que aplicarse. El razonamiento era sencillo y ella lo exponía con hermosa y desacomplejada simplicidad el lunes de la semana pasada en su Facebook: «Lamento que algunos compañer@s que alimentan con sus comentarios una crisis del PSOE no sean capaces de dar una tregua ni siquiera cuando, como ahora, el PP anda escondiéndose del peor caso de corrupción de toda la democracia. Si éstos son los que vienen a salvar el PSOE, con todo respeto, apaga y vámonos».

No habían pasado tres días cuando la juez Alaya, recuperada de su reciente baja laboral, ordenaba una operación en el caso de los ERE fraudulentos, en la que se practicaron siete registros en otras tantas provincias y se detuvo a 22 personas. No cuesta mucho pensar que la noticia debió de ser acogida con un gesto de alivio en las filas del PP. Y así hasta la siguiente; la clase política española está presa de la contingencia y de las portadas de los periódicos.

Ayer, insistía la número dos en la misma idea de que la ropa sucia se lava en casa, junto a una frase extraordinaria para explicar el liderazgo alternativo del número uno: «No hay que confundir autoridad con autoritarismo». Tiene razón. Ni libertad con librería, pero mientras, deberíamos prepararnos para tratar este asunto con ecuanimidad.

Habría que encontrar un denominador común para estos quebrados. Un mínimo común denominador, solemos decir en estos casos políticos y periodistas, sin reparar en que ése es un concepto inexistente. Urge encontrar un patrón para la corrupción, el bárcenas, podríamos llamarlo. O el lanzas, en honor de ese honesto ex líder ugetista, Juan Lanzas, tan cerca fonéticamente de ser Juan Lanas, pero tan redimido por su obra: 13 millones de euros cree la juez que se levantó. Un bárcenas equivale a dos lanzas y así sabríamos todos de qué estamos hablando. Menos el 79% de esos maestros opositores que se perdían con las equivalencias en el sistema métrico decimal.

Estos también se pierden en los tránsitos. Mariano Rajoy no acaba de entender que nombrar a Bárcenas fue responsabilidad suya y José Antonio Griñán, presidente del PSOE y de la Junta, no cree que el expolio de los ERE le afecte de alguna forma a él, por más que la juez Alaya lo esté rondando.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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