Hay que matar a B.

El caso Bárcenas ha empezado a desatar alarmas en el Gobierno y en las autonomías que controla el PP. Uno de los dirigentes regionales lo ha expresado así: «Si no le damos a Bárcenas una respuesta contundente y además no conseguimos empezar a remontar la crisis, estaremos muertos electoralmente».

Metafóricamente, que el paisanaje no sabe distinguir sentido figurado. Ahí está el pollo que le han montado a Cospedal por decir que los escraches eran «nazismo puro», una metáfora. Descabellada, pero metáfora. Cospedal debería considerar que el acoso en el nazismo lo practicaban los miembros del NSDAP, el partido del poder contra sus opositores. Ayer mismo, un buen columnista de esta casa comparaba las tijeras de Wert con la pistola de Goebbels. O Antonio Machado, aquel día tonto en que estuvo dispuesto a cambiar su pluma por la pistola de Enrique Líster. Más metáforas.

Hay que matar a B. es una interesante película que José Luis Borau realizó en 1973, un tiempo en el que aún vivía el dictador y los siete magníficos ni siquiera tenían mucha confianza unos con otros.

El caso es que Bárcenas supone un problema y tienen razón los dirigentes que opinan que el caso así llamado llegará vivo a las siguientes elecciones. El partido principal de la oposición es bastante hábil en la tarea de pasar dos veces al cobro la misma factura. Otra cosa distinta es que el PSOE esté en situación de beneficiarse del importe. O quizá se conforme con la propina.

Puestos en esta tesitura, entre los dirigentes del PP está cundiendo la idea de que es mejor provocar la catarsis que esperar la muerte dulce que este asunto puede representar para sus expectativas electorales.

O sea, que contra la querencia natural de Rajoy por la espera como bálsamo universal para la solución de sus problemas, ellos están dispuestos a tirar la piedra al estanque a ver qué pasa, arrostrar el peligro de que Bárcenas cante y desvele informaciones que serán perjudiciales para el partido del Gobierno.

Pero es preferible a seguir cediendo al chantaje, opina un sector importante del Ejecutivo: «Tendríamos que hacer todo lo posible por desembarazarnos de él», otra metáfora, doble en este caso.

Cualquier cosa, menos el dontancredismo y esa patética manía de no citar el nombre de B., apenas superada en los últimos días por la metafórica secretaria general. Es cierto que los muertos metafóricamente gozan de una salud excelente, como los del Tenorio, y no hay garantías de que el tesorero felón dosifique su venganza para que le dure hasta las elecciones.

En todo caso sería lo adecuado: que el presidente del Gobierno asuma su responsabilidad política por haber confiado en él y que algún portavoz bragado le traduzca al lenguaje político el plante del parroquiano harto de las severas reconvenciones de un párroco severo en el sermón: «Si hay que ir al infierno se va, pero no nos acojones».

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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