Señor, qué cruz

La Generalitat ha ido a premiar en este año con la Creu de Sant Jordi a Josep Maria Bosch, un ingeniero y arquitecto nonagenario, un ciudadano cuyo nombre apareció en la famosa lista de Falciani como un sujeto que ha practicado, supuestamente, habilidades específicas en el arte de hurtar el bulto al toro corniveleto de la Hacienda. Si tienen ustedes el día exculpatorio, piensen que a veces las instituciones no eligen con mucho acierto a las personas a las que honran. Ahí tienen a Boadella, un artista distinguido con la Creu en 2004 por Maragall en su primer año al frente del Govern, y que la rechazó, argumentando que el era un botifler (traidor) colaboracionista con España. Hay sinceridades, no sólo desarmantes, sino absolutamente inconvenientes. Total, a él, ¿qué más le daba disimular un poco?
Luego está el caso de Enric Marco, aquel secretario general de la CNT que contaba las penalidades sufridas bajo el nazismo en el campo de Flossenburg. Fue distinguido con la Creu en 2001 y la Generalitat se la reclamó cuatro años más tarde, al saber que todo su cautiverio era inventado. La coyunda de la ficción con los hechos engendra siempre monstruos: la memoria histórica y la novela con ella emparentada por el apellido. Y el periodismo moderno, claro.
Y este año la gana un presunto evasor fiscal, lo que me parece a mí un acierto muy acabado de casting. Al fin, un premiado a la altura de la familia fundadora y de los partidos que a su imagen y semejanza constituyen mayoría apabullante en el Parlament. Si bien se mira la farsa de Marco y las evasiones (presuntas) del último galardonado constituyen el mainstream por donde discurren plácidamente la vida y la política en Cataluña. No es casual que el PSC pidiera ayer un Gobierno de concentración por boca de su portavoz parlamentario Jaume Collboni. Es más, si finalmente se estableciera que el ingeniero Bosch (que llevó a Cataluña la primera fábrica de Seat) no ha evadido jamás un solo euro, yo sería partidario de que se le retirara la condecoración por falta de un currículo homologable.

En el mismo día ha sido justamente noticia el hecho de que el servicio diplomático catalán, el Askapena de la Generalitat, difunda en el exterior la idea de que España «es un país caótico» que oprime a los catalanes y maltrata económicamente a Cataluña. El portavoz Homs se ha justificado con una frase inobjetable: «explicar la verdad es una buena manera de ir por el mundo». Con la condición de que esa verdad no sea la tuya, barbián. Jamás un servicio diplomático ha tenido como función alzar el velo que cubre las vergüenzas de la patria. Ni un periódico. Ni un cómico. De ahí que la prensa catalana sea como es y que mi querido Albert Boadella haya terminado en Madrid. En justa compensación, la verdad verdadera de Cataluña la acabará contando el ministro de Asuntos Exteriores, o sea, de los asuntos catalanes. Alguien tendrá que contar la parte de verdad que Homs elide y que a los aborígenes no se les tolera.

Una creu pel portaveu. Senyor, Senyor, quina creu!

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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