El simple arte de matar

Al igual que Dashiell Hammett, según escribió Chandler en El simple arte de matar, el maestro Huang C. –Juan Carlos en el siglo– rescató el crimen del jarrón veneciano para llevarlo al callejón, vale decir a los lugares en los que el artista marcial fue dejando miembros humanos, manos, piernas, una columna vertebral: la ría, su casa en la calle donde la ciudad pierde su honesto nombre junto a San Francisco y Las Cortes, el gimnasio que regentaba junto a lo que la autocomplacencia bilbaína llamó la milla de oro, antes de que en ese tramo de la Gran Vía empezaran a liquidarse negocios como en cualquier otra parte de la ciudad y del mundo.
La ciudadanía de Bilbao se despertó el lunes horrorizada, y así continúa desde entonces. La semana pasada, una mujer de Muxika mató a hachazos a su madre octogenaria y el asunto apenas adquirió relieve, a pesar de que estábamos ante una Lizzie Borden euskaldún. La original era de Falls River, Massachusetts, y fue carne de leyenda, hasta inspiró una canción infantil: «Lizzie Borden cogió un hacha y dio a su madre 40 hachazos. / Viendo lo que había hecho, y con el corazón en un puño, le dio a su padre 41». Hitchcock hizo un corto estremecedor para la tele sobre el tema, La hermana mayor.

Bilbao no ha sido nunca Disneylandia y el Pequeño Saltamontes Huang C. no ha sido nuestro primer asesino en serie. La banda que anunció su voluntad definitiva de no matar en 2011 había asesinado mucho. Sólo en Bilbao, 58, desde el taxista Fermín Monasterio, en abril del 69, hasta el inspector Eduardo Puelles, en junio de 2009.
El monje shaolín nos ha descubierto otras formas del crimen y, desde el domingo por la tarde, en que fue detenido por la Ertzaintza, con su última víctima todavía viva, se ha convertido en lo que la portavoz de EH Bildu considerará un preso religioso.
Hace décadas, Jon Juaristi ganó un premio periodístico con un artículo sobre los funerales por Etxebarrieta, el primer etarra que mató y el primero en morir a tiros en 1968, cuando todo el nacionalismo cabía en la iglesia de San Antón. Se titulaba Un cadáver en el jardín. Desde entonces, Bilbao, Euskadi entera, se han convertido en otro Rillington Place cuyo nombre fue borrado del callejero londinense: primero se rebautizó como Rewston Mews, nombre que se cambió por Wesley Square, tratando de borrar aquel lugar de la memoria colectiva.
Enterrados en el jardín, debajo de los tatamis de los gimnasios, hay 326 cadáveres cuidadosamente estibados. Son muertos pirandellianos en busca de autor, crímenes a la espera de un esclarecimiento policial que probablemente no llegará nunca. El psicópata shaolín se desvanecerá en nuestro recuerdo antes de un mes y mis convecinos volverán a su calma ¿budista? de tantos años en este parque temático de la violencia. Y de la paz, claro.

Anuncios

Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.