El sueño de Basagoiti

Antonio Basagoiti había tenido un sueño que empujó con determinación. Se trataba de resarcir moralmente a todos los ciudadanos vascos que se habían visto obligados a abandonar el País Vasco para evitar ser víctimas de la organización terrorista: empresarios renuentes a pagar el impuesto revolucionario, profesores universitarios, periodistas no adictos al régimen y otras gentes de mal vivir. A lo largo de los años, desde finales de la década de los 70, muchos miles de vascos se fueron con sus familias a otros lugares de España, en un número impreciso, por la dificultad de establecer las intenciones en los flujos migratorios.
El proyecto de Basagoiti les ofrecía la posibilidad de recuperar una parte simbólica de lo perdido, el vínculo con la ciudadanía que es el derecho a voto. Devolverles el voto era más realista que las generosas ofertas de volver a las plazas universitarias que tuvieron hace tanto.
Resulta algo narcisista pensar que alguien que ha reconstituido su vida en otra parte estará dispuesto a desmontarla, renunciar a la cátedra que obtuvo en el exilio, alejarse de los hijos que se hicieron mayores y se establecieron en otras tierras. Y todo, para volver a vivir en un municipio Bildu y a trabajar en una facultad en la que el abertzalismo tiene más fuerza que entonces, aunque ETA ya no mate, es de suponer que para siempre.
Naturalmente, había que resolver el asunto legalmente, con respeto a la Ley Electoral y al resto del ordenamiento jurídico. Con este fin, el ministro del Interior organizó un seminario a primeros de junio de 2012 en el que se dieron cita en Madrid 20 expertos que consideraron posible la propuesta, aunque planteaba dificultades.
El Gobierno calculaba la necesidad de alcanzar después un consenso político, que en realidad era más difícil de resolver que los problemas jurídicos. El PNV y Bildu, que se vieron beneficiados electoralmente por la huida de los amenazados y por la renuncia definitiva al voto (mayormente opositor) de unos centenares de asesinados, protestaron airadamente por el «pucherazo electoral». Si el PP consideró en algún momento que podía pactar algo al respecto con el nacionalismo vasco, no parece que estuviera muy realista.
El PSOE mostró un entusiasmo matizado, y si bien es conveniente un acuerdo básico con el principal partido de la oposición para cambiar la Ley Electoral, el ansia de los populares tampoco debía de ser tanta como para afrontar la reforma desde la angustiosa soledad de sus 186 escaños.
¿Fue una cortina de humo, un golpe de efecto para entretener al personal? Puede. En todo caso, el sueño de Basagoiti no iba a cambiar sustancialmente el mapa. Acaba de terminar el plazo, primer semestre de 2013, que el PP se había dado para presentar el proyecto de ley. Lo cierto es que no ha avanzado nada desde la reunión de los expertos de 2012 y todo parece indicar que el Gobierno ha encontrado acomodo al tema en el cajón de los sumarios dormidos que con tanto arte gestionaba el ex juez Baltasar Garzón.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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