Real confianza

Son estos tiempos turbulentos para la Monarquía. Ayer, la Casa Real se expresó sobre asuntos que han llevado a la primera familia de España hasta las primeras páginas de los periódicos. El primero es la explicación oficial dada ayer por un portavoz de Zarzuela sobre la herencia del conde de Barcelona, que incluía 728 millones de pesetas en cuentas en el extranjero. El Rey empleó la parte que le tocó en pagar obligaciones contraídas por sus padres y canceló las cuentas en 1995.

Es una explicación plausible, pero ya no es tanto que no incluya una aclaración rotunda sobre los impuestos por la herencia, sólo una convicción de que «los albaceas sí lo hicieron», aunque no se hayan conseguido pruebas. No me imagino cómo es posible un hecho semejante. La Casa Real debería considerar que hay un modelo explicativo distinto de las explicaciones de Montoro sobre las presuntas 13 (y falsas) viviendas de la Infanta Cristina. La confianza es cosa de la fe: en los albaceas, en los notarios, en el género humano, en general, pero si hay que explicarse es mucho más eficaz la vía documental que la tradición oral. Después de todo, las instituciones democráticas no pueden ser gobernadas por bertsolaris.

Me van a permitir que exprese una contrariedad personal: Uno venía de una querencia republicana cimentada sobre una base exigua de convicciones, sin que nuestras experiencias concretas se hayan saldado con un éxito apabullante. Luego estaba lo que a uno le enseñaban en casa, entendiendo este concepto metonímicamente. Muchos de mi generación nos sentimos bañados por la perplejidad a partir del momento en que el Gobierno de Suárez legalizó al PCE aquel sábado de gloria, 9 de abril de 1977.

No tanta como al ministro de Marina, almirante Pita da Veiga, que presentó su dimisión con un cabreo antiguo, arbolado, que es como se pone la mar después de muy gruesa. Esa misma semana, Carrillo compareció ante los medios rodeado de su sanedrín, los miembros del Secretariado, con la bandera roja y amarilla al lado y aceptando la Monarquía como forma de Estado. Hubo perplejidad, ya digo, pero el secretario general despejó a córner con aquella soltura suya para argumentar sin pararse en la linde del sofisma. «¿Qué es más democrático y progresista, la monarquía sueca o una república bananera?» «Claro, visto así…», pensábamos los catecúmenos, y la cosa coló.

Con el tiempo y el transcurrir de los años, mientras uno se hacía mayor –y el Rey más, claro–, empezó a encontrarle a este antiguo sistema hereditario y ajeno a toda meritocracia, alguna ventaja. La idea de la Corona como elemento moderador parecía práctica, permitía mantener la jefatura del Estado por encima del cainismo medioambiental y de la apasionada y nada apasionante contienda partidaria. Los que no somos monárquicos de primera hora, no todos podemos ser Anson, veíamos en la Monarquía lo mismo que contaba Woody Allen al final de Annie Hall al manifestarse partidario de las relaciones amorosas, aunque fueran disparatadas: es como tener un hermano que se cree una gallina. No podemos adoptar decisiones drásticas: «necesitamos los huevos».

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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