Urge explicación

Parece que el gran suceso del verano es ya la conversación, el largo chau chau de mi director con Bárcenas. Debo confesar que la lectura de la carta del domingo pasado no acabó de convencerme, como no lo habían hecho sus contradictorias declaraciones anteriores. No era compatible la advertencia de que él podría tumbar al Gobierno con la consideración de que eso sería una desgracia para España, en vista del estado de la oposición. Es la teoría de lo mucho que conviene administrar la última bala, la expuesta por el tipo que amartilla la pistola y aprieta el gatillo al mismo tiempo.
He de admitir, por otra parte, el escaso entusiasmo que, dentro del género humano, me despiertan los chantajistas, aunque admito con cierta ecuanimidad que no hemos venido a este mundo exclusivamente a divertirnos, si bien, llegado el caso, me sentiría incapaz de permanecer cuatro horas mirándolo sin parpadear. Al minuto y medio, ya me sentiría como José Bretón, pero incapaz de soportar la sequedad de mis córneas.
Pensé que el PP había estado acertado al animar a Bárcenas a acudir al juez con lo que tuviera, hasta Cospedal estuvo bien al decir que la mentira carece de soporte documental, pero la aparición ayer de parte de los papeles originales ha dado un vuelco al asunto. Ahora se puede saber algo que no permitían establecer las fotocopias: si estamos ante una prueba preconstituida o es, como parece, un diario de entregas a lo largo de casi dos décadas; que estos papeles no son los diarios de Hitler, vamos.
El misacantano tiene motivos para la autoestima. No nos importa tanto que tire de la manta para descubrir lo suyo, como su carácter instrumental. Para los medios ya no es Luis, el Cabrón, sino Luis Bárcenas. No para su partido, a cuyos dirigentes se les evapora su nombre en los canutazos.
En el momento de derrotarse, el antiguo tesorero se ha investido de una repentina e insospechada dignidad. No digo yo que el cabronicio carezca de tradición literaria. «De madera de cuernos fue tu cuna», escribió Quevedo, pero no nos desparramemos por los veneros de la poesía.
Hace ya casi 20 años, hay que joderse cómo pasa el tiempo, Pedro J. mantuvo una entrevista con Amedo y Domínguez. A partir de su confesión, las calles de las ciudades del País Vasco se llenaron de papeles con el mensaje: «Amedo, cabrón, eskerrik asko» [Amedo, cabrón, muchas gracias]. El cabrón debe entenderse aquí como cláusula de salvaguarda, un peaje necesario; el pueblo vasco nunca podría agradecer nada a pelo a un subcomisario de Policía.
Es ahora cuando empieza el baile, con esa hoja de cuaderno escrita por las dos caras, un pedazo de la túnica rasgada de Luis Bárcenas que el director de EL MUNDOentregó al juez. El segundo paso debería ser una explicación que hasta ahora han esquivado el PP y su presidente. Se mire como se mire, y ante el silencio del partido, la única explicación consistente de los hechos es la de Bárcenas. Ni Rafael Azcona y Julio Alejandro juntos serían capaces de escribir un guión con una versión alternativa que pareciese mínimamente verosímil.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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