Amago de censura

Toda la oposición se ha alineado contra el Gobierno, aunque con distintas estrategias. Es cierto que el presidente del Ejecutivo facilitaría bastante las cosas tomando el olivo, como se dice en términos taurinos, aunque ya que no parece estar por la labor, hay que plantearse una estrategia alternativa. ¿Pero cuál? El PSOE se mostró partidario de la dimisión para que el Congreso procediera a una nueva investidura de otro candidato popular. IU se muestra más partidaria de la disolución de cámaras y nuevas elecciones. Las posiciones de ambos, naturalmente, carecen de otros objetivos que el interés general: unas nuevas elecciones disminuirían la representación de los socialistas en el Congreso y aumentarían la de los comunistas.
Rubalcaba ha anunciado que si el presidente no comparece presentará una moción de censura. Rosa Díez también defiende la moción como instrumento alternativo para centrar al escabullente Rajoy. Lo peor para éste es que las palabras más comprensivas han venido de Artur Mas, que han sido las más demoledoras, por cualificadas: pocos tan solventes como él para aconsejar cómo soslayar las muestras de corrupción en el partido propio.
CiU está también por la moción, o no: votará afirmativamente si los proponentes apoyan su consulta. Naturalmente, en el caso de que Rajoy accediera a negociar con la Generalitat sobre el tema, estaría en contra, ça va de soi. Su posición, en un lado o en otro, tiene tanto peso como la pulga sobre el camello de la fábula de Samaniego, y es al mismo tiempo una extraordinaria metáfora de la muy soportable levedad del honorable demediado, el increíble catalán menguante, Artur Mas.
El problema es que la moción de censura constructiva no tiene como protagonista al presidente del Gobierno a quien se pretende reprobar, sino al candidato que presenta un programa para sustituirlo, que somete sus intenciones a la consideración de la Cámara. Así, aunque no tenga posibilidad alguna de prosperar, permite evaluar al candidato que la encabeza, el protagonista de la sesión.
Felipe González presentó en mayo de 1980 una contra el mejor presidente que ha tenido la democracia española. No ganó, pero convenció a la peña de que el candidato tenía madera. Siete años después, el presidente de AP, Antonio Hernández Mancha, presentó su moción contra él. Tampoco ganó, pero convenció a propios y extraños de que aquello le venía grande y lo dejó dos años después para ser sustituido por Aznar, con una vuelta de Fraga justo para el interregno.
¿Reivindicará Rubalcaba el papel del candidato? ¿Lo votará el resto de la oposición, incluidos los cinco diputados de UPyD? Sorprendería que el mismo partido que no quiso llegar a un acuerdo con C’s ante las autonómicas catalanas, sea capaz de apoyar siquiera sea simbólicamente al partido que ella tuvo que abandonar para fundar el suyo. Mientras, L. B. no sale de la cárcel, más que para hablar con Ruz, pero ha de sentirse reconfortado porque el interés general tenga tanta fe en su testimonio como para considerarle el quinto evangelista.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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