Caso archivado

Ayer fue un gran día para Pepe Blanco, pero también para Alfredo Pérez Rubalcaba, el secretario general que no había dado una a derechas desde el congreso de Sevilla que lo aupó al cargo. Tampoco a izquierdas, baste pensar que entre el máximo dirigente de los socialistas y el ridículo de afrontar la moción de censura, sólo se interpone la posibilidad de que Rajoy adopte una actitud sensata y se explique sobre lo de Bárcenas. No hace falta que responda a cada revelación del ex tesorero; bastaría que aclare lo más evidente.

A falta de ver si la necesaria comparecencia de Rajoy le evita el apuro de presentarse como candidato, es justo destacar la mucha razón que le asistía en aquel mitin de octubre de 2011 en Orense: «Yo hoy aquí, Pepe, quiero decirles a tus padres ‘tenéis un hijo honesto, que lo único que hace es trabajar por Galicia y por España 24 horas al día’».

Todo el mundo opinó sobre el asunto, también yo, mea culpa, venga a compararle con Cayo Mucio Scevola, el zurdo, porque en los albores de la República metió la derecha en el brasero, no para defender la inocencia de nadie, sino para expiar ante el rey Porsena su error de no haberlo apuñalado, tal como era su intención. El caso es que Rubalcaba puso su mano en barbacoa por la inocencia de Blanco y la ha sacado indemne. Eso es algo que no podrá decir ningún dirigente del PP de los que apostaron por la inocencia de Bárcenas, y menos que nadie, quienes pasaron de la presunción de inocencia a la de delincuencia en un quítame allá ese parpadeo.

¿Es inocente Pepe Blanco? Sí, aunque ése sea un calificativo exagerado para cualquier ser humano que haya cumplido los 14. El Supremo ha ordenado el archivo de la causa abierta por el caso Campeón, revocando espectacularmente al fiscal y al juez instructor. Aunque el entonces ministro de Fomento llamó al alcalde socialista de Sant Boi para que éste recibiera al empresario Orozco, amigo del ministro, con el fin de que el Consistorio rectificara la denegación de una licencia para construir una nave junto al aeropuerto de El Prat, no puede interpretarse que la llamada supusiera una presión relevante para torcer la voluntad de la Administración y, en consecuencia, no puede imputarse al llamante un delito de tráfico de influencias.

Cabe interpretar que, o bien la voluntad de la Administración se torció sola, o bien la susodicha vivía en un error de interpretación del que acertó a sacarla la conversación con el empresario Orozco propiciada por el ministro Blanco. Así será porque así lo ha establecido el Supremo y no hay más que hablar, pero también por la lógica de los hechos. Los ministros ya no son lo que eran. ¿Quién va a creerse que la llamada de un ministro, un don nadie, puede influir en la voluntad de un alcalde, príncipe de la recalificación?

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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