Protopresidenta

Susana Díaz ha sido investida. La víspera hizo un discurso en el que empleó 57 veces la palabra Andalucía; 30, el término España; dijo 16 veces crisis, 10 economía y pronunció dos veces la palabra corrupción. Se le ha reprochado que no dijera una sola vez ERE, pero es una acusación inelegante. Las dos veces que citó el asunto, lo relacionó con la vergüenza: la que todos deberían tener y ella, desde luego, tiene: «Me avergüenzo ante la corrupción». Es lógico que se le atragante el acrónimo: le da vergüenza.

La gran Elena Valenciano había calificado el discurso de Susana como «el primer discurso del siglo XXI». Esto es una conjunción planetaria y no lo de Ptolomea Pajín. Piensen que la número dos del PSOE ha servido lealmente a tres números uno en lo que llevamos de tercer milenio: Joaquín Almunia (sólo tres meses), José Luis Rodríguez y Alfredo Pérez. ¿Ninguno de los tres hizo en 13 años un discurso adaptado a los tiempos que vivimos?

Su primer acto ha sido posar con las otras 27 parlamentarias socialistas, que lucieron para la ocasión una pegatina: Todas somos presidenta. Una deliciosa anécdota con retrogusto añejo. Uno recuerda haber llevado pegatinas sumamente improbables en la segunda mitad de los 70: Yo también soy adúltera y Yo también he abortado, «cosas que no pueden ser, ganas de desbarrar», escribía Marsé en Si te dicen que caí, apenas redimidas por estar al servicio de una aspiración razonable. Uno comprende que es un paso grande para Andalucía, pero pequeño para España. Ha habido tres vicepresidentas del Gobierno, presidentas del Congreso y del Senado, del Tribunal Constitucional y del Tribunal de Cuentas del Reino, ministras a cascoporro, cargas públicas que anteceden todas ellas a una presidenta autonómica en el protocolo del Estado.

Eso sin contar con que es la quinta por orden de aparición. Ya antes habían tenido presidentas (y elegidas): Madrid, Navarra, Castilla-La Mancha y Aragón. Por no citar grandes alcaldías: Madrid, Valencia, Sevilla, Málaga, Alicante, Cádiz, Gijón. Incluso Franco puso una en Bilbao al final de la dictadura: Pilar Careaga Basabe, primera ingeniera industrial y primera alcaldesa de España. Lo que son las cosas: gentes a las que uno ha conocido después como ejemplares demócratas y nacionalistas retroactivos le llamaban la Cojonazos, mote que les hubiera valido un enérgico reproche social por machistas de no haberse acogido a sagrado en una afiliación política correcta.

Uno comprende también la ensoñación inaugural de la condición adolescente: nunca nadie se enamoró antes, nunca nadie experimentó tanto dolor, jamás persona alguna escribió «puedo escribir los versos más tristes esta noche».

Mañana, tras su toma de posesión, comenzará el Susanato, que viene a ser como el Califato de Córdoba, pero con más gramática parda. Lo malo para los pobres andaluces es que el PSOE ha puesto lo mejor que tiene. El PP, por no tener, no tiene ni siquiera candidato. O candidata, naturalmente. Se avecina un tiempo apasionante.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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