La noche triste

Fue otra mala noche la del sábado. La Puerta de Alcalá no vio pasar el tiempo y el personal desfiló con la frente marchita. La 1, que había programado un especial para transmitir el espectáculo de un pueblo que iba a encontrar por segunda vez un motivo para dejar de despreciarse, después de aquella tarde en que la bota de Iniesta nos dio el Mundial de fútbol de 2010, también abandonó su programación prevista en cuanto cayó Madrid y adelantó la película de aquella noche: Desde que amanece, apetece, pertinente polisemia, vive Dios.
Hablaré por mí. Habría aceptado resignadamente la derrota tras una lucha agónica con Tokio, pero caer en el primer compás después de haber creído que ya teníamos asegurados 50 votos de 98 no es decoroso. Ser derrotados por Estambul es una sensación tan humillante como la de dos primos míos cuando mi padre se compró un 600 allá por los años 60 y los llevó a dar una vuelta: «¡Tío, que nos adelantan las bicicletas!».
Por otra parte, los argumentos por Madrid sonaban bien: era la única gran capital que no ha organizado nunca unos Juegos, el gasto estaba casi hecho, el deporte español pasa por un momento excelente and so on. También es verdad que desde hace algunos años nuestra imagen exterior ha desmerecido mucho, pero los de 2016 se fueron a Brasil, donde la corrupción no tiene nada que envidiar a la nuestra. Otro error fue la creencia de que Tokio iba a pagar con la derrota lo de Fukushima. No había motivo; los desastres nucleares siempre le han ido bien a la causa olímpica japonesa.
Recuerden los juegos de 1964. Tokio se los ganó a Detroit por 34 votos a 10. En rigor, la capital japonesa había sido designada para organizar los juegos de 1940, pero no pudo ser por la guerra. Casi un cuarto de siglo después se le compensó por ello y también por los bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki que pusieron fin a la contienda en Asia. El atleta que encendió el pebetero fue Yoshinari Sakai, llamado el bebé de Hiroshima por haber nacido en aquella ciudad aquel 6 de agosto de 1945.
Dábamos por sentado que Fukushima iba a ser un factor negativo para ellos y no ha sido así, sin que los nuestros fueran capaces de exponer a favor de nuestra candidatura la gesta de Palomares.
La deprimida delegación española sostiene que ha habido juego sucio, intereses bastardos, algo que nuestro acendrado sentido de la ética se niega a comprender. Puede ser. Uno también comprende que en el momento en que la alcaldesa ponderó las virtudes de «a relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor» a los miembros del COI que ya nos habían prometido el voto –joder qué tropa, Romanones–, se les bajara el punto. En todo caso, y después de tres fracasos, vale más dejarlo correr y no arriesgarse al cuarto, como sugería mi primo Enric el viernes en estas mismas páginas. Ah, y a los linces del COE que tan finamente calibraron las intenciones de sus interlocutores que les regalen la colección de El Ala Oeste de la Casa Blanca para que aprendan a negociar votos. Y a asegurarlos.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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