Hecho quirúrgico

A la hora de escribir esto, el Rey de España estará tendido en un quirófano, inerme ante un equipo médico con una moderna caja de herramientas. Tengo para mí que apurar el Rey su agenda de trabajo hasta el borde de la cita hospitalaria tuvo algo de sobreinterpretación. La víspera había borboneado con los periodistas: «Mañana, al taller. Si queréis, podéis venir de mecánicos». Era una apuesta de riesgo con los de mi oficio, yo mismo. El Rey debería saber que somos gentes de habilidades inespecíficas ya en lo nuestro. O sea, que como para hacer de mecánicos. Eso por no hablar de la motivación laboral: «Hace tiempo que vengo al taller y no sé a qué vengo», cantaba un personaje de Sorozábal en una zarzuela. Zarzuela, ¿comprenden? «Caramba, qué coinsidensia», dirían al punto Les Luthiers.
Don Juan Carlos prescindió de las muletas para afrontar a pie firme la última de sus obligaciones antes de poner su augusto cuerpo en manos de la ciencia: recibir las credenciales de 16 embajadores. El acto de acreditación es de mucho boato, se desarrolla en el Palacio Real, donde los nuevos embajadores llegan en carroza. La de ayer se hizo en La Zarzuela, que es más doméstico, como que te inviten a comer y te sienten en la cocina. Fue un trámite rápido, para el que el Rey prescindió de las muletas, aunque después, una vez que se hubieron retirado los mecánicos, necesitó ayuda para sentarse.
Si hubo que aligerar el protocolo, cambiar la sede y el formato del acto, no se ve la necesidad de someter sus articulaciones a semejante esfuerzo. Por qué no sentarse desde el principio y llevarle en volandas desde allí hasta la clínica Quirón. Probablemente, el objetivo de la Casa Real era alejar los rumores de abdicación, no aparentar una salud de hierro. O de titanio, que es el material del que se hacen los sueños y las prótesis de cadera de los reyes, como dirían aproximadamente Shakespeare en La tempestad y Bogart en El halcón maltés.
Luego están las exigencias de IU y el PSOE para que el Rey use la Sanidad Pública. Los mismos que exigían a Cristina Cifuentes irse a la privada. Si el Rey fuera a la pública, le reclamarían lista de espera, como ahora miden los metros cuadrados del quirófano como signo externo.
La estadista Valenciano aboga por aclarar la relación entre «quien reina y su seredero en momentos extraordinarios». Hombre, mujer, si de eso se trata, basta con proponer el modelo de la sucesión andaluza, que es dinastía más larga y tiene más experiencia. Ya ha conocido varios hechos sucesorios, los dos últimos (Chaves-Griñán y Griñán-Díaz) por herencia, como los Kim en Corea, mientras nuestra Monarquía Constitucional aún está encarnada por su primer titular.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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