La presidenta

En su legislatura inaugural, el primer presidente del Parlamento vasco, Juan José Pujana, era muy estricto para guardar el orden de la cámara. Durante un debate sobre la Central de Lemóniz, el único parlamentario del Partido Comunista de Euskadi, Roberto Lertxundi, se refirió a Santiago Griñó, uno de los dos parlamentarios de Alianza Popular que compartían con Lertxundi el Grupo Mixto, como «mi tovarich Griñó».
«Señor Lertxundi», tronó Pujana, «haga el favor de retirar ese apelativo por el decoro de la Cámara». Tuvo que explicar Griñó al airado presidente que tovarich era un término ruso que significa camarada, apelativo afectuoso que «yo le acepto y le agradezco». No era Pujana uno de los presidentes más romos que ha tenido el Parlamento vasco y tenía una cultura de hechuras clásicas, pero su especialidad era el griego, más que el ruso; no se puede estar en todo.
Han presidido el Parlamento siete hombres y mujeres entre Pujana y la de ahora. Bakartxo Tejeria debe de tener otros saberes y capacidades, pero su fuerte no es la capacidad de discernimiento. Se debatía la creación del Instituto de la Memoria y la Convivencia, asunto muy apropiado para que el presidente de Sortu, antiguo y nuevo batasuno, le gritara desde su escaño «fascista» al portavoz de los populares vascos, Borja Sémper, al término de su intervención.
El interpelado se volvió hacia la presidenta y preguntó: «¿Va usted a permitir que se me llame fascista en el Parlamento vasco?» Tejería se hizo la sorda y siguió con la sesión cuando el diputado Maneiro denunció que «un representante de EH Bildu ha llamado fascista a un parlamentario absolutamente democrático». La presidenta le hizo saber que no tenía la palabra y le ordenó sentarse. El insultado Sémper se dirigió a la presidenta para pedirle que se retirara la expresión «fascista», por la dignidad de la Cámara.
Y entonces ella brilló con la luz propia que irradian los astros y advirtió que habría que retirar todo lo que se ha dicho en otras sesiones, confundiendo el insulto desde el escaño con la crítica desde la tribuna, la censura a un parlamentario sin civilizar con quemar los diarios de sesiones. Además, añadió después del incidente, ella no había «escuchado» el insulto. Evidentemente quiso decir «oído».
Pujana no sabía lo que quería decir tovarich, pero tenía una idea de lo que era el decoro de la Cámara y conocía el artículo 120 del Reglamento que lo amparaba. Tejería no parece conocer el reglamento y siempre lo mal aplica en el mismo sentido. Al final de la jornada, Egibar y Mintegi, pareja ideal, –juntos de la mano se les ve por el jardín–, suscribían una resolución conjunta contra la operación policial que desmanteló Herrira.
Antes habían votado juntos que la Cámara anime a la Policía a mantener su compromiso con la legalidad democrática, como si hiciera falta semejante cosa. Pello Urizar, ex secretario general de EA, y ahora menestral de Bildu, denunció «la impunidad policial» que ha existido durante años, seguramente cuando él era socio del PNV en Lakua y compartían tareas de Gobierno. Y también responsabilidades, claro.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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