El partido del Quijote

La Conferencia Política acabó como todas estas cosas. El partido valoró muy positivamente su celebración y su resultado más sobresaliente: haberse celebrado y dejar para mejor ocasión la convocatoria de primarias. Así las cosas, hay que felicitar al PSOE por haber adoptado la resolución menos costosa. Imaginen que los aspirantes llegan a salirse con la suya, tienen primarias y las gana cualquiera de ellos. Esto ya pasó cuando Borrell se las madrugó a Almunia en abril de 1998. No es cosa de ponerse a buscarle en estos tiempos un Huguet y un Aguiar al ganador. Además, ahora nadie dimite por tonterías como esas.
Tiene menos riesgos atrasarlas hasta la proximidad de las elecciones. Si Rubalcaba decidiera presentarse y las ganara, podría acusársele de un cierto ventajismo de hechos consumados: no vamos a cambiar de caballo justo al final de la carrera, los otros candidatos no tienen tanto grado de conocimiento, etcétera. Claro que este argumento podría ser una ventaja a la vista de la calidad del paño. Un cierto grado de anonimato del candidato siempre es más compatible con la ilusión de los votantes. Las carga el diablo, por eso llama la atención que quieran imponérselas a todos.
El éxito ha sido rotundo, ya digo. Los críticos han tenido que expresarse con sutilezas. Felipe González se ha distanciado del optimismo cromático de la compañera Valenciano, roja zapatera, reivindicándose rosa moderado. «¡Es que soy rojo!», confesó Zapatero en Marie Claire, poco antes del momento fundacional en que proclamó la lucha de clases en Vogue.
Cómo estará el tema que a Susana Díaz le ha bastado decir «España» y entonar un mea culpa perifrástico: quizá no lo hayamos hecho todo rematadamente bien, para llenar el vacío, aunque eso no implica problema alguno con el pobre Pere Navarro, vocacional del anonimato.
En junio de 2001, Zapatero afrontó su primer Debate sobre el estado de la Nación. Fue muy comentada su propuesta para celebrar el cuarto centenario del Quijote en 2005, un prodigio de sensibilidad cultural y prisa, habida cuenta de que aquella legislatura estaba llamada a terminar en marzo de 2004.
Lo que el penúltimo presidente del Gobierno pretendía no era tanto exaltar la obra maestra de las letras españolas, como definir su modelo de andar por la vida, desfacer entuertos y resistirse a las asechanzas del poder para cambiarlo. Naturalmente, una aspiración como esa desborda con mucho los límites de una legislatura.
Él tenía una agenda progresista para derrotar al vizcaíno, liberando a unos galeotes, que lo correspondieron corriéndolo a cantazos. Alanceó molinos de viento por las energías renovables y protagonizó, en fin, centenares de sucesos de feliz recordación. Cuánta metáfora. Fue hermoso mientras duró, hasta que una noche de mayo en 2010, el bachiller Sansón Carrasco (y las llamadas de Obama, Merkel, Sarkozy y Hu Jintao) lo derrotaron en singular combate librado en la playa de Barcelona. Lo único que no le perdona su peña es que aquella derrota le hiciera recuperar el raciocinio.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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