Algo que sé de barcos

Me van a perdonar que escriba en primera persona. Hace 11 años, cuando la catástrofe del Prestige, los días de incertidumbre y su definitivo hundimiento en el Atlántico, me hice una composición de los hechos muy próxima al relato que de los mismos se hace en la sentencia de la Audiencia de La Coruña. Es un disparate que un sumario de más de 300.000 folios haya sido instruido en el juzgado de Corcubión, pero el fallo de la Audiencia suena convincente. Ya veremos qué pasa con la responsabilidad civil.
En una encarnación anterior fui piloto de la Marina Mercante y ejercí en petroleros que transportaban fueloil en sus tanques. Mi primer barco, el L.W. Chemical, un liberty, por supuesto monocasco, construido en serie a ritmo de uno por semana durante la Segunda Guerra Mundial, tenía varios años más de los 26 que contaba el Prestige a la hora de su hundimiento.
Siempre he creído en la inocencia de López Sors y el capitán Mangouras, salvo en la desobediencia de éste a la autoridad, que es por lo que se le ha condenado. La decisión de llevar el barco mar adentro, fuera de la plataforma continental, era razonable. La temperatura del agua a 3.000 metros está entre 0º y 2º C. El punto de escurrimiento del fuel, temperatura crítica para que permanezca en estado líquido, es superior a los 20º C, razón por la que debe llevar calefacción en los tanques. Era esperable que en profundidades abisales, el fuel se solidificara y el buque y su carga se convirtieran en un pecio en los profundos.
Hay quienes sostienen que habría sido mejor meterlo en una ría para contener los daños. Es un futurible, como también lo era la decisión de alejarlo de la costa. Pónganse en el lugar del alcalde de La Coruña o Vigo y digan si autorizarían la entrada de un petrolero con una brecha de 40 metros de larga en su casco por la que pierde toneladas de fuel. Lo que no es razonable es pretender una condena penal por decisiones tomadas en la incertidumbre, sin los conocimientos que sólo tuvimos después de consumada la tragedia. El PP gestionó mal la crisis, costumbre de la casa–ah, Schroeder–, pero eso no merece reproche penal. No hubo delito que provocara el naufragio.
Comprendo que la sentencia haya frustrado a los jóvenes ecologistas voluntarios que encontraron una misión y eventualmente el amor, o al menos el sexo, en medio del desastre. Hay tradición. Bocaccio ambientó el Decamerón en la peste negra que asoló Florencia en 1348. García Márquez nos describió el amor en los tiempos del cólera. «El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos», decía Ilse en Casablanca, como un colofón al gusto de Rick por los detalles: «El chapapote era negro y tú ibas vestida de blanco». No sabía que el traje y la pala habían sido suministrados por una empresa de Xosé Cuiña, que debió de ser uno de los cargos populares más eficaces en aquellos días. No como conselleiro, ojo, sino como proveedor.
Me perdonarán los lectores que haya infringido una de las reglas del oficio de escribir columnas: embridar el yo del columnista. La columna es de por sí un acto de exhibicionismo y no conviene subrayar, pero tenía una experiencia personal y profesional, ya comprendo que nada comparable a las convicciones de losNunca Máis. En Horizontes de Grandeza, Charles Bickford mostraba su rancho al marino Gregory Peck, su futuro yerno. «¿Ha visto usted algo más grande?» «Sí», respondía el capitán. «Dos océanos». En mi caso han sido tres y algunos mares interiores.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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