Caballos pintados

En enero de 1995, el joven Santiago Abascal llevaba un mes afiliado al PP cuando ETA asesinó a Gregorio Ordóñez. Aquel chico, que no había cumplido aún los 19, empezó a entender que había contraído una responsabilidad cívica y política que en Euskadi se pagaba con la vida.

Cuatro años después estudiaba Sociología en Deusto cuando ETA rompió la tregua de Lizarra y empezó a ir a clase acompañado. Euskadi era el único país del mundo en el que el terrorismo insurgente no amenazaba al Gobierno, sino justamente a la oposición. Santiago era un estudiante con escolta. Los diputados generales o el lehendakari no la necesitaban, pero él sí, al igual que su padre, concejal del PP de Amurrio. Hubo un alcalde en La Rioja alavesa que iba a vendimiar con protección policial y mujer de la limpieza hubo que acudía a su quehacer diario con su mocho, su cubo y sus escoltas.

El 23 de julio de 2000, los Abascal se despertaron en una pesadilla. Los caballos de la familia amanecieron con pintadas en sus lomos: Abascal, cabrón; Abascal, hijo de puta. Lo había imaginado Roberto Benigni en una hermosa fábula sobre el horror, el amor y la libertad, que habíamos visto en los cines dos años antes: La vida es bella. Los fascistas de Arezzo habían pintado de verde el caballo del tío Eliseo y en su lomo habían escrito: Achtung, cavallo ebreo.

Hoy sabemos que Abascal ha escrito una carta al presidente del PP, dándose de baja, como Ortega Lara hace cinco años. Las razones vienen a resumirse en su escasa predisposición a militar en un partido que hoy flota en el tercer espacio definido por Jonan Fernández, entre el pacto de Ajuria Enea y el mundo de Herri Batasuna. Tal vez ese tercer espacio sea el in medio virtus que define Oyarzábal entre los exaltados (víctimas) y los fanáticos abertzales. O lo que el ministro del Interior llamaba «el cauce central de la solución», sin reparar en que Jonan había definido su «lugar flagrante y nulo» en Aranzazu, sitio oteiziano donde los haya. El tercer espacio es el vacío del Cromlech, la concavidad de la txapela, aunque sus habitantes no lo sepan.

A Rajoy se le ha abierto otro siete con la marcha de Abascal. No por la pérdida en sí; «todos somos contingentes, sólo tú eres necesario», le decían los lugareños al alcalde en Amanece que no es poco. El presidente es hijo de su hemeroteca, de aquel «traicionar a los muertos» que le reprochó a su antecesor en 2005. La desafección de las víctimas, aunque no tuvieran razón –no creo que el Gobierno haya negociado, es sólo miedo escénico–, cae sobre él como si hubiera escupido a barlovento.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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