La claque del crimen

Se asombraba Mario Onaindia de que ETA hubiera sido tanto tiempo clandestina, con las pistas que daban a la Policía los apodos de sus activistas: cuando era bajito lo llamaban ‘Txikia’; si les había salido feo, ‘Mono’, y si muy moreno, ‘Beltza’ (negro). Después lo perfeccionaron, identificando a sus gudaris por su nombre de pila y su pueblo: ‘Iñaki de Rentería’, ‘Josu de Mondragón’, o su barrio: ‘Javi de Usansolo’, el asesino del niño Fabio Moreno, recibido en su pueblo con honores.

No es hora de hablar de este tipo a quien la Justicia ha considerado cumplido en virtud de la sentencia Parot, sino del centenar de idiotas morales, cómplices vocacionales que le vocean su apoyo, gritando aúpa al asesino y tirando cohetes en su honor. Otro tanto pasó en Legazpi con Iñaki Delgado y en el Casco Viejo de Bilbao con Inmaculada Patxo, condenada a 549 años por cinco asesinatos consumados, seis frustrados y 48 delitos de lesiones.

Éste es el hecho diferencial del terrorismo etarra respecto a los criminales del común: sus asesinatos generan consenso; hay chusma dispuesta a aplaudir al asesino de un niño, ¡aúpa, Javi!, o a pasar la mano por el lomo de una mujer embarazada. En su código de honor, un tiro por la espalda a un policía debía de ser la primera de las bienaventuranzas. Sucede que hay una parte del pueblo vasco que jalea a los asesinos y vota a los partidos que defienden su legado. Es uno de los síntomas de la enfermedad moral que muestran sectores muy concretos de la sociedad vasca.

El violador y asesino de Olga Sangrador, en cambio, no encuentra público para lo suyo. Excarcelado al mismo tiempo que Javi de Usansolo, a ‘Juan de Valladolid’ no le esperaba nadie a la salida de la cárcel; su propia familia no quiere saber nada de él. Quien mata sin causa patriótica comparte con los traidores el noveno círculo de Dante. Ya lo había explicado Kohout en su gran novela, La hora estelar de los asesinos: en momentos de incertidumbre, basta una causa, un grito, una bandera, para convertir a un psicópata en líder revolucionario y cabeza de la revuelta.

El delegado del Gobierno ha cumplido pulcramente con su deber y ha denunciado ante la Fiscalía los homenajes, pero amenaza con ser el aguafiestas de la paz. Ya está otra vez este tocapelotas, dicen, no sólo los cómplices morales, no sólo los nacionalistas, también la virtud socialdemócrata y las almas bellas del país. Sólo el Gobierno y UPyD parecen creer que jalear y agasajar a los asesinos es una humillación para sus víctimas, un delito del que el TC advirtió a Sortu en el auto con que los legalizaba: los jueces estarán vigilantes ante «la realización de actos públicos que entrañen descrédito, menosprecio o humillación de las víctimas o sus familiares». Ya se están celebrando esos actos, y se acompañan, como solían, con ataques de kale borroka. ¿Sortu? No, es todo espontáneo. El presidente del partido se limita a bendecirlo después: «Somos lo que fuimos, hacemos lo que hicimos». O sea, que diría el maestro Umbral.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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