Sí son homenajes

La consejera de Interior de Urkullu considera que recibir con aplausos a los terroristas excarcelados no es un homenaje. Su antecesor en el cargo, Rodolfo Ares, le ha explicado un concepto básico: «Si tiene carácter público es un homenaje».
El portavoz Erkoreka estuvo ayer exquisitamente jesuítico al distinguir «actos de acogida, puede ser que incluso calurosa» a presos de ETA, de actos «expresos de enaltecimiento» del terrorismo. Distinguir lo expreso de lo tácito. «Lo callado está dicho», dicen los lugareños de mi pueblo con palabras más llanas. Odiar el delito y compadecer al delincuente. Rechazar el terrorismo y jalear a quien lo practicaba. La recepción a Javi de Usansolo, «¡Aupa, Javi!», los cohetes y los aplausos deben de ser una manera de compadecer. La consejera y el portavoz deberían ver el testimonio delguardia Antonio Moreno, contando cómo se le escapaban de las manos los trozos del cuerpo de su hijo Fabio, la víctima de la bomba que el de Usansolo había puesto dentro de su coche. ¿Creerá el portavoz que un pasillo con antorchas al asesino que vuelve no es una humillación para los padres del niño Fabio Moreno Asla?
La semana pasada, Erkoreka le decía a Julia Otero que la exaltación del terrorismo (o del terrorista) y la humillación de las víctimas están proscritas en una ley aprobada «por una mayoría cuantitativísima de los representantes de los vascos, y que por tanto, ese tipo de manifestaciones públicas hay que perseguirlas, hay que prohibirlas, ¿no?»
Al PNV le viene de antiguo esta querencia. En 1985, antes de una reunión que Felipe González iba a mantener con Arzalluz, el presidente preguntó a Ramón Jáuregui cómo se imaginaba el final de ETA y éste le describió un paisaje como de excarcelaciones Parot: respondió que después del final, la democracia tendría que hacer un esfuerzo. Los presos saldrían de las cárceles, volverían los exiliados y les harían homenajes en las plazas de sus pueblos. Habría txalaparta y se colgarían medallas los unos a los otros. Los festejos durarían dos semanas, durante las cuales todos tendríamos que hacernos los distraídos y eso sería todo.
Arzalluz contaba una versión ligeramente distinta de la conversación: «Un día, Felipe me reconoció que a éstos (los etarras) habría que agradecerles los servicios prestados. Y tú –me dijo– vas a ser el encargado de ponerles las medallas». Aún hubo una nueva versión: la que dio el presidente del PNV a la dirección de KAS en Francia, cuando acuñó la metáfora del árbol y las nueces que la policía francesa incautó a la banda en la detención de Pipe San Epifanio: sus interlocutores reprochaban al dirigente peneuvista su sintonía con el presidente del Gobierno español, acusación que Arzalluz rebatía con la santa indignación de las almas no contaminadas: «¿Felipe?, Felipe no se fía nada de mí. Un día me dijo: ‘Tú, a esos de la ETA, acabarás poniéndoles medallas’». La consejera y el portavoz han hecho un esfuerzo de contención, si bien se mira.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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