Un jirón del PSC

Hoy ha concluido otra etapa en la larga marcha de Mas hacia el soberanismo con un éxito discutible: quiso alcanzar una mayoría parlamentaria de dos tercios, moralmente legitimadora –en su opinión– para pedir al Estado la cesión de la competencia que le permitiría convocar un referéndum de autodeterminación. Y no llegó. Tres parlamentarios socialistas, Marina Geli, Joan Ignasi Elena y Núria Ventura, han hecho lo que han podido. Lo que pasa es que las alianzas en ese proceloso mundo siempre son un traje que tira de la sisa y al president le han fallado los tres escaños de CUP, que se le han ido a la abstención.
Los socialistas han sufrido en carne propia la estrategia de Maragall, que ha marcado un proceso de decadencia sin prisas y sin pausas, con un ritmo admirable en los últimos 15 años. De los 52 escaños que obtuvieron en las autonómicas de 1999, pasaron a 42 en las de 2003, a 37 en las de 2006, a 28 en las de 2010, a 20 en las de 2012 y bajando según todas las encuestas.
Los socialistas consideraron que el pacto tripartito les ayudaba al mismo tiempo a desbancar a CiU del Govern y a arrinconar al PP en el Tinell. ¿Quién iba a pensar que Esquerra iba a ser capaz de pactar con Mas contra su antiguo y ejemplar socio de Gobierno? ¿O que el efecto más inmediato de su incomprensible estrategia iba a suponer una ruptura interna? Lo malo de los principios en política no es que sean tan escasos, sino que sean tan perecederos. Y tan mudables.
El problema ahora es cómo tratar la disidencia. Los tres votantes fugitivos no están por la tarea de entregar sus actas. «No tenemos voluntad», ha dicho la ex consejera de Sanidad, «porque nosotros pensamos que seguimos siendo PSC». «Por muy pocas horas», debería ser la respuesta del partido. Permitir que la ruptura de la disciplina de voto se transforme en hábito equivaldría no ya a la ruptura, sino a la atomización.
Rubalcaba y Navarro deberían empezar por ofrecer su bálsamo de Fierabrás federalista a los críticos del PSC, tratando de explicarles que una buena reforma constitucional es mano de santo para calmar la comezón soberanista. Si consiguen convencerlos, los socialistas estarán ya preparados para dar el segundo paso: pactar con Duran Lleida los términos de la vía para rescatar a Unió de un soberanismo que en realidad no desea, pero que no tendrá más remedio que votar, como el alcalde de Barcelona, y, de paso, mejorar las condiciones de su cautiverio en el Palace.
Es difícil no sentir una cierta simpatía por Rubalcaba, que siempre pasó por ser el más listo de los suyos, cuando una parte del PSC le dice que para carisma y sexappeal el de Artur Mas.
Al todavía secretario general aún le queda otro reto: la posibilidad de que se ahogue en el problema catalán, mientras la primera diputada del PSC observa el naufragio desde un aula de un college de Miami, donde se afila las uñas mientras se prepara para llegar a las primarias. Pobre Rubalcaba. Como Julio Herrera y Reissig, en el epitafio desmesurado de Miguel Hernández, «quiso ser trueno y se quedó en lamento».

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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