Confiar en el marido

La democracia, Alteza, es un contrato de desconfianzas. No quiere esto decir que no sea creíble ese titular con el que tantos periódicos resumieron su lance judicial del sábado: «Yo confiaba en mi marido». Yo la creo. Cate Blanchett, la Blue Jasmine del último Woody Allen, pasa por el mismo trance. ¿Cómo no voy a creer que una mujer a quien le han puesto un ascensor propio en su puesto de trabajo no es alguien que tenga que preocuparse de pagarse el café del desayuno o se moleste en preguntar a su marido de dónde sale este dinero?
Usted confiaba en su marido. No ha dicho «y confío», no era una afirmación de presente. El amor, es lo que tiene, es una empecinada ceguera transitoria, una voluntad de equivocarnos con el otro. Pero algo debería haber pasado cuando usted descubrió que su confianza había sido traicionada. No se trataba de que él hubiera roto los votos de fidelidad que en su día hiciera, eso sería un asunto particular; soluciones: el divorcio o 15 días de dormir en el sofá y una temporada de morros; después de todo, lo sigo queriendo y están los niños. Pero este caso excede a su condición de esposa, a la de mujer: es una traición que ha puesto en riesgo la Corona.
Quiero decir, Alteza, que esto no puede resolverse con un «me engañó». Es verdad que el vínculo morganático no era el adecuado. De casta le venía al galgo el ser rabilargo, aunque eso no tenía usted por qué saberlo. Su difunto suegro ya había mostrado habilidades para la prestidigitación, como la técnica del acordeón empleada con el Volvo que le regaló su augusto padre el día de la pedida, vendido a la caja de ahorros que presidía para usarlo como coche de representación por su cargo, y recomprarlo a su jubilación a precio residual. O al convocar concurso para proveer la plaza de gerente en la Sociedad Deportiva Estadio, de Caja Vital, con un pliego de condiciones ad hoc para el perfil académico e institucional de su hijo Mikel.
Se casó usted con el hijo de una familia nacionalista conocida en Vitoria. Su boda fue muy bien recibida en el PNV; después de todo, era lo más parecido a su sueño dorado del pacto con la Corona, por más que ahora el senador Anasagasti no cese de invocar el caso Urdangarin para proclamar: delenda est Monarchia.
En fin, pelillos a la mar. Creo que todo este asunto tiene una explicación que no pasa obligatoriamente por su complicidad activa en los manejos de su marido, pero ese «yo confiaba en él», en pasado, tiene que resolverse, tendría que haberse resuelto ya, con un divorcio en los primeros lances, o con la renuncia a sus derechos como Infanta. Por lo demás, Alteza, crea que le deseo lo mejor y que comprendo muy bien su drama de mujer enamorada.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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