‘Hacer un Manikkalingam’

El verificador en jefe, Ram Manikkalingam, ha contado al juez Ismael Moreno lo que ha podido verificar, que no es mucho: una carta anónima los citó a finales de enero en Toulouse.
Una vez allí, les condujeron hasta un piso, es de suponer que con los ojos vendados, con el fin de que no pudieran describir la casa al juez. Allí les esperaban dos encapuchados, cuya identidad no conocieron; les enseñaron unas armas y les entregaron un inventario con el sello de ETA mientras un tercer etarra grababa en vídeo.
Después, metieron la ferralla en una caja de cartón, la sellaron con cinta de embalar y se la llevaron. Les dijeron que las armas estaban fuera de uso, o sea, inutilizadas, según las versiones más optimistas. La escena debería haber terminado con los tres tipos quitándose la capucha y gritando a los verificadores: «¡Inocente, inocente!».
Al parecer, Manikkalingam y su acompañante no comprobaron si se había vertido plomo fundido por el cañón y/o en el hueco del cargador o el tambor. Es probable que fuera de uso se refiriese al sellado de la caja, a ver si ETA se va a atrever a romper un precinto puesto por ella misma. ¿Verificación? Fue ETA quien se autoverificó ante la complaciente mirada de estas amables inutilidades. ¿Qué es fe? Creer lo que no vimos.
En un partido que España perdió (3-0) ante Brasil, Sergio Ramos quiso tirar un penalti a lo Panenka, pero le salió mal y la pelota se fue ocho metros por encima del larguero. Desde entonces se llama a ese lance hacer un Sergio Ramos. A partir de ahora, a cualquier actuación cuyos efectos sean extraordinariamente risibles, se le va a llamar hacer un Manikkalingam. También podría llevar el nombre de Urkullu o de cualquiera de los políticos o líderes de opinión que han hinchado las expectativas hasta este punto del ridículo.
Recordemos que el juez Ismael Moreno ordenó hace dos semanas la detención del ex presidente y el ex primer ministro chinos por crímenes de lesa humanidad en el Tíbet.
Toda la oposición española, incluidos los nacionalismos, va a votar el jueves por mantener la Justicia universal que va a ser abolida por el PP. El conmilitón de Urkullu, Aitor Esteban, defiende la jurisdicción del juez Moreno para encausar a gobernantes chinos. Pero cuando el mismo juez Moreno cita como testigos a Manikkalingam & Co., lo ponen a parir por su falta de respeto. Homérica la verificadora Fleur Ravensbergen, que, al recibir la citación, dijo «quel dommage!», pero que tenía que irse a cuidar a su niño. Y se fue.
El último personaje de esta farsa berlanguina fue Urkullu, acompañante en el trance judicial, junto a Jonan Fernández, autodidacta de las Obras Públicas, que ha pasado de la autopista de Irurzun a los caminos hacia la paz, sin cambiar la tecnología. Es una tradición: como los de Sortu con los etarras, o Arzalluz con Atutxa en el TSJ vasco, cantando el Euski Gudariak.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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