Una pieza de sobra

Todo aquel que durante su infancia haya desmontado un reloj tuvo ocasión de comprobar que al volver a recomponerlo sobran piezas. Algo así le ha pasado a la presidenta de los populares vascos, aunque a ella las piezas le sobraban antes de empezar.

En realidad, la pieza que le sobra es Alfonso Alonso, el presidente del PP en Álava, que es también portavoz de su partido en el Congreso. Muy probablemente, cuando ella enunciaba hace poco más un mes «quiero manos libres para todo», tenía ese nombre en la cabeza. También el de Oyarzabal, claro, un hombre con quien su incompatibilidad parece total, salvo en lo que atañe a las ideas, el proyecto, eso que en política siempre se invoca como el fundamento de la misma, y es, como la sopa en el cocido maragato, lo que se queda para el final.

Sucede que Oyarzabal, y sobre todo Alonso, son los mejor situados en la organización nacional del PP y, por tanto, quienes más pueden condicionar, orientar, imponer, obligar o señalar el camino del PP vasco.

Ayer se ofició la reunión de la junta directiva del PP en Vitoria, después de una mañana tan llena de equívocos como los días precedentes. La presidenta Quiroga había convocado un almuerzo con los presidentes y los secretarios provinciales, que desconvocó poco antes de las dos de la tarde. Por la tarde, a eso de las seis y media, comenzó una reunión en la que se aprobaron los estatutos que regirán el XIV Congreso que en malhadada hora se le ocurrió a esta mujer para considerarse presidenta por aclamación.

El martes se le había caído su penúltima estrategia: sustituir a Oyarzabal por un discreto concejal de Vitoria, Manuel Uriarte, que, sin saber si era digno, musitó: «Hágase en mí según tu palabra», sin encomendarse a Dios, ni a Alfonso Alonso. El presidente alavés se encargó de convencerlo de que no: él se debía a Vitoria-Gasteiz en un cargo incompatible con el que Quiroga guardaba para él. A Uriarte no se le ocurrió preguntarle cómo compatibilizaba él la portavocía en el Congreso con la presidencia del PP en Álava, pero dio un disciplinado paso atrás y anunció a la presidenta que no aceptaría el cargo.

Total, que la reunión fue breve como un avemaría; nadie objetó a los estatutos y el turno de ruegos y preguntas se resolvió en silencio. Ni ella explicó la razón por la que abrió el melón de Oyarzabal, ni Alfonso Alonso aprovechó para preguntar por qué. Aunque nadie esperase razones muy profundas, cualquier partido tiene derecho a una explicación más rigurosa que la de «hay que mover el banquillo». Hubo sólo un acuerdo: el de dilatar un poco la salida para no dar cante.

En vísperas del congreso que ella había soñado para su ratificación, sin otros asuntos que los problemas creados por ella misma, sigue sin secretario general. No ve uno cómo va a salir del Kursaal el sábado un partido más fuerte y cohesionado. El público votante no se ha mostrado enardecido en los últimos 13 años: 19 escaños en 2001; 15 en 2005; 13 en 2009 y 9 en 2012. Y bajará en las próximas, que la querella interna no goza del aprecio de los electores.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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