El mejor alcalde del mundo

No había tenido mucha suerte el PNV con los alcaldes que seleccionaba para la más grande de las capitales vascas, la única en la que el partido-guía fue siempre la fuerza más votada. Vitoria sólo se expresaba mayoritariamente nacionalista cuando la lista la encabezaba José Ángel Cuerda. Cuando se pasó a EA los vitorianos votaron alkartasuno, y cuando volvió a la casa madre volvieron a votar al PNV. Desde su retirada, ha habido dos alcaldes del PP y uno socialista. San Sebastián sólo tuvo dos alcaldes jeltzales al principio, Alkain y Labayen. Desde 1987 nunca más. Hubo 20 años de Odón Elorza, que dio paso a Bildu, pero en las elecciones de 1995, el candidato más votado fue Jaime Mayor Oreja, no hay que decir más.

Bilbao, no. Bilbao siempre votó nacionalista, pero el PNV no parecía acertar con el candidato, porque lo renovaba cada cuatro años: Castañares, Robles, Gorordo, que fue más allá de lo que podía soportar Arzalluz y a pesar de su tirón, gracias a una gestión descaradamente populista, fue sustituido exactamente igual que los anteriores, al término de su primer mandato. Josu Ortuondo, prudente burócrata, rompió la racha al permanecer ocho años en la alcaldía.

Azkuna llegó para quedarse. Las querencias izquierdistas de sus años universitarios en Salamanca le proporcionaron una impronta ‘maverick’, una tendencia a expresarse con criterio propio, desbordando a veces la ortodoxia de partido. Tal vez por eso algunos de sus conmilitones lo miraron siempre con recelo, lo que en alguna ocasión les llevó a enviar una carta llena de insidias contra él a Xabier Arzalluz, con la gallardía del anonimato colectivo, más concretamente en plan ochote: “Ocho afiliados en JEL”.

Iñaki Azkuna rompió todos los moldes. Había sido más cosas en la vida: médico, director general de Osakidetza cuando Euskadi recibió el traspaso de competencias de Sanidad, secretario general de la Presidencia del Gobierno Vasco y consejero de Sanidad, pero él había venido a este mundo para ser alcalde de Bilbao. Y lo fue con dedicación plena, con entusiasmo, con una asunción admirable de su capacidad representativa. Y sin sectarismo. Por eso fue el alcalde de todos y por eso en tantas ocasiones afloró su sentido común por encima de su partidismo. Carecía de complejos y por eso fue un hombre libre. Por eso hace un mes comunicó que no retiraría los retratos de los alcaldes franquistas, salvo que se lo ordenara un juez: “hay que respetar la historia, aunque moleste”, dijo, mientras su partido y la mayor parte de la oposición creía, justo al revés, que el fin de la política es enmendar los errores y las injusticias de la historia para que termine como debe.

El cáncer de próstata que le fue diagnosticado en 2003 y once años de convivencia con la enfermedad no le han impedido ejercer hasta el final, pendiente de su ciudad y con ese estilo tan característico que combinaba un cierto populismo en el trato personal con un juicio ecuánime que sabía distinguir las voces de los ecos y la categoría de la anécdota. El año que viene habría culminado su cuarto mandato como alcalde, después de haber logrado para su partido lo que nadie hasta ahora: la mayoría absoluta en las municipales de 2011.

Su lenguaje era de amplio espectro: se le entendía casi todo y los concejales de la oposición sabían que no tenían gran cosa que hacer mientras Iñaki Azkuna encabezara la lista del PNV. Durante un almuerzo-coloquio en La Bilbaína hace unos años, Antonio Basagoiti, entonces portavoz municipal del PP, aprovechó una salida momentánea del alcalde al lavabo para sincerarse: “Es el mejor alcalde posible de Bilbao. No hay manera de ganarle”.

Sus funerales serán un espectáculo de lágrimas y duelo ciudadano. Bilbao ya está llorando: nunca había tenido un alcalde tan implicado en la ciudad. La paseaba, la vivía, la vestía. Uno se encontraba con su alcalde por la calle, en determinados bares del Ensanche a la hora del aperitivo, en los estrenos de teatro, ópera y conciertos, como gran melómano que era, en las inauguraciones de las exposiciones, en los toros. Tenía sensibilidad cultural y quería a su ciudad con una identificación total, casi orgánica, como Woody Allen a Manhattan, como Enrique Tierno Galván, quizá el único alcalde español que se le pueda comparar, a Madrid. El hecho de que hubiera nacido en Durango dota a su bilbainismo de un valor añadido: no era ‘per accidens’, sino vocacional, fruto del empeño personal y del compromiso.

En 2012 fue nombrado Alcalde del Mundo por la City Mayors Foundation, que le puso un broche de oro a su carrera con una bilbainada insuperable, que ni él mismo se habría atrevido a imaginar: el reconocimiento como mejor alcalde del mapamundi de Bilbao. Tenía razón Basagoiti. Ha sido el mejor alcalde que ha tenido esta villa y, con toda seguridad, el mejor que va a tener en muchos años.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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