Querer o creer

Carme Forcadell da hoy a este periódico un titular impresionante: «Presionaremos continuamente a los políticos para que hagan lo que nosotros creemos». Ada Colau habría dicho: «Para que hagan lo que nosotros queremos», asomando con ello la patita antidemócrata, totalitaria. Que hagan lo que nosotros creemos tiene, además, una cierta voluntad de Santo Oficio y una demostración clara de que desconoce el significado de las palabras.
La señora Forcadell puede creer en Dios Padre, en la vida perdurable y en todo lo que hay entre ambos conceptos en el Credo, pero eso no se lo puede transmitir a Mas, ni siquiera como creencia; mucho menos para imponérselo como tarea pendiente: bastante hizo el ridículo el honorable, creyéndose Moisés, Gandhi, Luther King y Suárez. Por no hablar del papelón de su biógrafa Rahola al llamarle «Rey Artur», como para ponerle a hacer de Dios Padre o alcanzar la inmortalidad.

La entrevista se sustenta en un par de ocurrencias: que ella y su Asamblea Nacional, a la que ha puesto nombre de parlamento francés, pueden coaccionar a las instituciones, siguiendo por la vereda de Colau, afectada por la hipoteca sin hipoteca. La segunda es que la petición de ilegalizar a quien incurre en actos ilegales es una fábrica de hacer independentistas, una insuperable confesión de inutilidad: somos tan incapaces de crear partidarios con nuestras razones que los adeptos nos los tiene que fabricar el enemigo. O, dicho de otra manera: el independentismo es una fobia, sólo funciona por rechazo al otro.

Hay más materia en las respuestas de la señora Forcadell. Preguntada por la polémica inclusión en su hoja de ruta–¿por qué no «derrota», que es término mucho más hermoso y polisémico?– del control de puertos y aeropuertos, responde que «si aspiramos a tener un Estado independiente es normal que aspiremos a controlar las fronteras, los puertos y los aeropuertos». Y todos los impuestos, y el ejército y el Código Penal. Y la soberanía, claro. Pero resulta que no, que por mucho que se empeñe su ANC, la soberanía reside donde dice el art. 1.2 de la Constitución Española.

La semana pasada, el gran José María Fidalgo hacía una crítica inobjetable al prisionero del Palace: «Es que Duran siempre se escapa de las discusiones», cuando le hablan del cumplimiento de la ley, dice que no es la ley, sino la política, pero si se discute en términos políticos siempre invoca alguna legislación ad hoc. Siempre hay algún listillo que tira del calificativo «inteligente» para una solución que supone desprecio de la ley.

El misterio es que Pérez Rubalcaba, tan empeñado en dialogar sobre algo que no explica –¿un federalismo desigual y desleal?–, se empeñe en fotos tan obscenas como la de sus paseíllos con Duran por la M-30 del Congreso y se haya olvidado ya de su gran frase de hacer tres años y medio: «Quien le echa un pulso al Estado pierde».
Debió añadir: «Pero sólo si son controladores aéreos. Otra cosa es que sea Mas, espoleado por Carme Forcadell, ese intelecto». O por Marta Rovira, la palabra.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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