Dos ecce homos

La mujer fuerte de la Biblia ha cedido paso a la mujer fuerte del soberanismo, como corresponde a una sociedad laica. Una de ellas le dio un puñetazo a Pere Navarro a la par que le llamaba «hijo de puta», en la primera comunión de un familiar el domingo pasado. Tres semanas antes, otra mujer zarandeó en la calle al ministro del Interior, cuando salía de celebrar su cumpleaños de un restaurante. Mientras, le llamaba «fascista, hijo de puta y cabrón» y tanto el ministro como sus escoltas «se quedaron helados», según contaba ayer este diario.

El ministro no contó lo suyo hasta tener noticia de la agresión al líder del PSC. Al parecer, los dos coinciden en que estos hechos son producto de la crispación producida por el proceso soberanista. Ambos hechos son graves. Más, si cabe, la agresión al ministro, por dos razones: llevaba escoltas y es el primer responsable de la seguridad del Estado, tras el presidente.

El hecho de que a un ministro del Interior lo pueda correr a insultos y barretinazos cualquier señora de opiniones exaltadas, cualquier Pilar Rahola, para entendernos, pone acentos melancólicos en los corazones de los ciudadanos corrientes. Si a un ministro –y del Interior– le pueden hacer eso, ¿qué no podrían hacer con uno mismo? Era la perplejidad con que se explicaba Woody Allen: «Mi psicoanalista me llama llorando a las tres de la mañana».

La exclusión del oponente, su denigración y su eventual agresión son prácticas anteriores al proceso secesionista de Artur Mas. En noviembre de 2003, el tripartito se conjuró en el Tinell contra el PP. En radical aplicación del plan, el 12 de marzo de 2004, Piqué y Rato tuvieron que ser rescatados por la Policía de la turba que les llamaba «asesinos». Un año antes, el hermano del actual ministro, Alberto Fernández, fue agredido en Reus con golpes en la cabeza, huevazos y tomatazos. No retrocedamos hasta el mayo barcelonés del 37 o a los años 20. Sólo la desprejuiciada ignorancia de Arzalluz pudo llevarlo a sostener que «nadie se imagina a un catalán con un arma en la mano. A un vasco, sí».

Los socialistas se duelen de que el único gesto de Mas fuese un SMS cortés, pero sin alma y al día siguiente. Es un feo detalle, pero también hay precedentes. El día en que el jefe de la oposición fue víctima de un atentado con coche bomba, el 19 de abril de 1995, todo un presidente del Gobierno se mostró incapaz de hacerle una visita en el hospital. Ni siquiera una llamada telefónica.

¿Son socialistas y populares las dos cofradías de nazarenos que sugería ayer Arcadi Espada al final de su columna? Como diría él mismo: quiá, son más bien dos ecce homos. Por más que el ministro sea muy creyente, el Estado no puede poner la otra mejilla. Max Weber, que era laico, lo definió como «aquella organización humana que reivindica para sí con éxito el monopolio jurídico de la violencia física legítima».

Homs, que hace de sayón, ha cumplido su papel al sostener que en el vía crucis catalán siempre se han respetado los derechos humanos de los crucificandos.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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